Por el camino de tu lengua yo podría llegar hasta la negra Abisinia o cabalgar hasta Bengala o Nankin porque ella es sabia como un viejo maestro que enseña sobre el cielo las rutas de los pálidos cometas
porque tu lengua es poderosa como la de la mantis que da vida y da muerte y sabe tejer formas como la poesía y es diestra en lides y ducha en argucias y canta una canción remota y mágica que invita al extravío
Pero por el camino de tu lengua viajo más hondo hasta el lugar donde naces gimiendo con un tremor antiguo y me sientes flotar reciente y húmeda
hasta el origen donde sueña la bestia su sueño más profundo y el placer es un banco de peces que relumbra entre sales marinas
hasta mi centro donde veo lo que no ven mis ojos cegados por las luces del mundo donde no existe la palabra
la torpe mercenaria
A qué llorar, me digo, todo estaba previsto me muerdo las falanges los asombros por qué miro la luna ajena y sola y sobria en su talante si desde siempre desde el nacer, desde el morir, y en cada hora pacientemente crece el hilo, crece, y también crece la baba del gusano y la piedra atravesada aquí, bebo y saludo y soy cordial con mi vecino ciego pues no son tiempos estos dados a patetismos, ni es elegante exhibir el dolor.
A qué llorar, me digo: sería inoportuno con la muchedumbre que ríe afuera con su risa de siglos.
Hablo de la muchacha que tiene el rostro desfigurado por el fuego y los senos erguidos y dulces como dos ventanas con luz, del niño ciego al que su madre le describe un color inventando palabras, del beso leporino jamás dado, de las manos que no llegaron a saber que la llovizna es tibia como el cuello de un pájaro, del idiota que mira el ataúd donde será enterrado su padre. Hablo de Dios, perfecto como un círculo, y todopoderoso y justo y sabio.
Ese sonar de aldabas me levantó del sueño, sobresaltó mi corazón dormido. Cuánto ruido trajiste a esta casa: Qué músicas extrañas, qué silencios no oídos. Todos los corredores se poblaron de ti y olvidaron de golpe su soledad de siglos. Un aroma de mar invadió las alcobas y a un día tembloroso se abrieron sus postigos. Ese sonar de aldabas sobresaltó mi noche, rompió candados y rompió cerrojos. No podía saber que cuando el aire barriera el polvo en todos los rincones y de olor a manzanas se llenara la huerta, te marcharías sin sonar de aldabas, dejando tus silencios y las puertas abiertas.
“Círculo y Ceniza”
Otra vez ha llegado el arrogante amor sin anuncio y se ha instalado aquí donde tu nombre comienza a ser un árbol que me da sombra con sus siete letras sin permiso sin prisa -con un rostro tan nuevo que no conocí sus ojos antiquísimos sus garras de milano su paciencia- ha dado órdenes para que el sol alumbre y ha clavado su espuela aquí donde tus ojos me pierden y me ganan aquí donde tu voz donde tu mano lustra la piel de este animal que tiembla hirsuto y tan hermoso que ahora es guerrero el sueño al que despierto mientras la muerte huye de nuevo estoy a salvo
“Ese animal triste”
Intentamos. Alguno descubrió entre el hollín y el polvo una marmaja, o en noches muy oscuras un resplandor lejano. ¡Tanto sueño perdido, tanta esperanza rota, tanto para tan poco y tanta pena! Y apenas unas gotas de miel, licor ninguno. Una canción lejana, los retratos ajados de remotos bisabuelos, y palabras, palabras astilladas, palabras mutiladas por el tiempo.
“Círculo y Ceniza”
Condenada a ser sombra de tu sombra, a soñar con tu nombre en cada madrugada. Por la ventana abierta un olor errabundo de vida, -¿y tú en que calle?- un temblor en la luz, el llanto de algún niño. Y tus ojos cerrados, o tus ojos abiertos como dos golondrinas, y tu mano en el agua o tu mano en tu pelo o tu mano en el aire con su triste blandura, -¿y en qué calle tus pasos?- y yo en sueños atada al hilo de tus sueños, condenada a ser sombra de tu sombra, a soñar con tu nombre en cada madrugada.
“Círculo y Ceniza”
La noche, oscura loba, golpea las ventanas con una lluvia airada. A lo lejos un monótono ruido de motores recuerda la ciudad que se desvela. Duermen los niños y se puebla la casa con sus sueños de campos y caminos soleados. En el cristal mi rostro indiferente me devuelve impasible la mirada. Todo se ha detenido: el mundo afuera, las sombras misteriosas y en el libro el llanto de la pálida muchacha. Noche inmensa, noche sin bordes como un mar eterno. Un pensamiento leve: aquí alguien falta. Un estremecimiento. Allá, a lo lejos, una bocina suena y en el libro vuelve a llorar la pálida muchacha.
“Círculo y Ceniza”