A un árbol, desnuda, subí cierta vez: la lisa corteza mis muslos asían, en húmedo musgo fincaba los pies. Tan alto que, apenas, las hojas mojadas del sol me cubrían con sombra discreta, me puse a horcajadas en cómoda horqueta y balanceaba feliz, al desgaire, los pies en el aire. De lluvia temprana, besando mi piel las gotas rodaban del fresco dosel; de zumo de flores bermejas tenía las plantas, y el musgo mis brazos cubría. Y al soplo impetuoso del viento -al empuje de fuerzas internas- el árbol hermoso tremaba de vida… Lo sentí de pronto, toda estremecida, y apreté las piernas y posé, entreabiertos, los labios en llama sobre la vellosa nuca de la rama. De “Las canciones de Bilitis” Versión de Enrique Uribe White