Desnuda en la tienda

Desnuda en la tienda

No era coqueta Era fuerte. June Jordan

Necesito ropa, dijiste. Una blusa alegre, de color subido. Y fuimos a la tienda. La chica que nos llevó a los vestidores se llamaba Tula. Te queda rico, dijo, te queda de novela. Nos metimos las dos en esa caja, entrábamos apenas.

Como no había asientos ni percheros te ofrecí mis brazos.

Te sacaste el vestido, la campera, te sacaste la blusa, las hombreras, te sacaste el turbante, la remera, te sacaste el corpiño, la bolsita de mijo, te miraste al espejo y me miraste y yo vi tu pecho crudo, las costillas al aire, y después tu corazón como una piedra, fuerte y fatal como una piedra. MARÍA TERESA ANDRUETTO (Argentina)

Échale a él la culpa

¡Brindo por la mujer! ¡Quién pudiera caer en sus brazos sin caer en sus manos! Ambrose Bierce

A José María Alvarez y Carmen Marí

Hoy te has ido de fiesta con amigas, y sin que tú lo sepas me regalas un tiempo de estar solo que ya empieza a ser raro en mi vida, un tiempo útil para intentar pensar en ti como si fueras lo que siempre debiste seguir siendo cuando pensaba en ti: aquella persona, en todo semejante a cualquier otra, que una noche lejana tuvo el gesto generoso y extraño de entregarme su amor. Pero el amor nos cambia, nos convierte en espías ridículos del otro, en implacables jueces que condenan sin pruebas y comparten sus estúpidas penas con el reo. El amor nos confunde y trata ahora de que vea en tu fiesta una traición.

Por huir de esa trampa me amenazo con los nombres que cuadran al que en ella se enreda: egoísta, ridículo, inseguro, celoso… y como un ejercicio de humildad pienso en ti divirtiéndote sola: te imagino bailando y mirando a otros hombres; al calor del alcohol confiesas a una amiga algunas cosas que te irritan de mí sin que yo lo sospeche, y por unos instantes saboreas una vida distinta que esta noche te tienta porque eres humana, aunque no me haga gracia.

Ahora caigo en la cuenta de que dudas como yo dudo a veces, y que también te aburres, y que incluso algún día habrás soñado follar como una loca con el tipo que anuncia la colonia de moda. Para calmarme un poco tras la última idea, yo me digo que el amor es un juego donde cuentan mucho más los faroles que las cartas, y procuro ponerme razonable, pensar que es más hermoso que me quieras porque existen las fiestas, y las dudas, y los cuerpos de anuncio de colonia.

Lo que quiero que sepas es que entiendo mejor de lo que piensas ciertas cosas, que soy tu semejante, que he pensado besarte cuando llegues a casa; y que es el amor -ese tipo grotesco y marrullero- el que va a hacerte daño con palabras absurdas de reproche cuando vuelvas, porque ya estás tardando, mala puta.

VICENTE GALLEGO (España, 1963)

El acorde

Estás conmigo, amor, en esta cama que ya no estás: la asimetría, como un diamante multiplica la realidad: tu espacio trama ese vacío -mas entre las sábanas despojadas, la mente identifica signos, la cicatriz antigua de gestos, el olor de una gran playa de agosto. Aquí vibra conmigo la arena, el sol que no desciende a las lágrimas: ¿cuerpo al que la muerte aísla tras un muro sin sentido? estás conmigo, amor, no busco nada -el acorde de dos es una página.

LÁZARO SANTANA, ( España, 1940 )

El regalo

Quisiera regalarte un pedazo de mi falda, hoy florecida como la primavera.

Un relámpago de color que detuviera tus ojos en mi talle -brazo de mar de olas inasibles-

la ebriedad de mis pies frutales con sus pasos sin tiempo.

La raíz de mi tobillo con su eterno verdor,

el testimonio de una mirada que te dejara en el espejo como arquetipo de lo eterno.

La voluble belleza de mi rostro, tan cerca de morir a cada instante a fuerza de vivir apresurada.

La sombra de mi errante cuerpo detenida en la propia esquina de tu casa.

Un abejeante sueño de mis pupilas cuando resbalan hasta tu frente.

La hermosura de mi cara en una doncellez de celajes.

La ribera de mi aniñada voz con tu sombra de increíble tamaño, y el ileso lenguaje que no maltrata la palabra.

Mi alborozo de niña que vive el desabrigo para que tú la cubras con la armadura de tu pecho.

O con la mano aérea del que va de viaje porque su sangre submarina jamás se detiene.

La fiebre de mis noches con duendes y fantasmas y la virginal lluvia del río más oculto.

Que a nivel del aire, de la tierra y el fuego, el vientre como abanico despliega.

La espalda donde bordas tus manos hinchadas de oleaje, de nubes y de dicha.

La pasión con que te desgarras en el lecho del mismo torrente inabarcable

como si el mismo corazón se te hiciera líquido y escapara de tu boca como un mar sediento.

El manojo de mis pies despiertos andando sobre el césped.

Como si trémulos esperaran la inexpresada cita donde sólo por el silencio quedaron las cadenas rotas.

Y en tus dedos apresado el apremio de la vida que en libertad dejó tu sangre,

aunque con su cascada, con su racha, los árboles del deshielo, algo de ti mismo destrozaran.

La cabellera que brota del aire en líquidas miniaturas irrompibles

para que tus manos indemnes hagan nido como en el sexo mismo de una rosa estremecida.

La entraña donde te sumerges como buscando estrellas o el sabor a polvo que hará fértiles nuestros huesos.

La boca que te muerde como si paladeara ríos de aromas;

o hincándote los dientes matizara la vida con la muerte.

El tálamo en que mides mi cintura en suave supervivencia intransitiva,

en viaje por la espuma difundido o por la sangre encendida humanizado

el mundo en que vivo estremecida de gestaciones inagotables.

El minuto que me unge de auroras o de iridiscencias indescriptibles.

Como si el ritmo de tu efluvio soberano salvaras el instante de miel inadvertida;

o dejaras en el mágico horizonte de luces apagadas el tiempo desmedido y remedido.

en que apresados quedaran los sentidos y al fin ya sin idioma, desnudos totalmente.

Como si ensayando el vuelo se quemaran las alas o por tener cicatrices se extenuaran los brazos.

La piel que me viste, me contiene y resuma, la que ata y desata mis ramajes.

La que te abre la blanca residencia de mi cuerpo y te entrega su más íntimo secreto.

Mi vena, llaga viva, casi quemadura, huella del fuego que me devora.

El nombre con que te llamo para que seas el bienvenido.

El rostro que nace con la aurora y se custodia de ángeles en la noche.

El pecho con que suspiro, el latido, el tic-tac entrañable que ilumina tu llegada.

La sábana que te envuelve en tus horas de vigilia y te deja cautivo en él duerme, sueño del amor.

Árbol de mi esqueleto hasta con sus mínimas bisagras.

El recinto sombrío de mis fémures extendidos.

La morada de mi cráneo, desgarrado lamento, pequeña molécula de carne jamás humillada.

El orgullo sostenido de mis huesos al que hasta con las uñas me aferro.

Mi canto perenne y obstinado que en morada de lucha y esperanza defiendo.

La intemporal casa que mi polvo amoroso te va ofreciendo.

El nivel del quebranto o la herida que conmigo pudo haber terminado.

El llanto que me ha lavado y que este pequeño cuerpo ha trascendido.

Mi sombra tendida a merced de tu recuerdo.

CLEMENTINA SUÁREZ (Honduras, 1906-1992)

Elegía por «La Luisa»

¿QUIÉN devoró tus manos para el polvo? ¿De qué balcón colgaste Las sábanas blanquísimas Estampadas en tu cuerpo de verónica? Lloran las ventanas, Las paredes lloran. Los hijos que no has parido nunca Invocan tus senos de verdades Rendidas en la tierra Ante jacas infértiles, Eternamente locas. Ya no hay mañana para ti. Se fueron Las últimas estrellas de tus noches de agosto. ¿Cómo te has muerto ahora En estas alcobas tan de barro, Tan de misterio, sin sangrar los besos? Ya no vendrán los pinos A llorar con sus larvas plañideras, Ni tu boca dirá las palabras de siempre. Te has ido Y parece que aún no habías llegado A anunciar por las calles Tu muerte vespertina. Ya no te morirás. Tu cuerpo aguarda La llegada de todos los veranos, Del otoño, del hielo. Tu semilla La tienes ya sembrada: Recogerás abrojos, cardos, olvido.

JOSÉ LUIS PUERTO (España, 1953)

Ella

Viene despacio entra tropieza con mi tos con mi costumbre de dejar la nuca en cualquier parte viene despacio ordena mis silencios desata las palabras necesarias recibe la correspondencia de mis ojos viene despacio a tender sus manteles de ternura viene despacio apenas hecha humo para no despertarme se abre paso entre vasos arrojados al día retratos de mujeres noches de bronca y noches de ginebra viene despacio con su enchape celeste subiéndose a mis mástiles viene despacio entra se arrodilla al borde de mi alma y junta los fragmentos de mi risa después… se vuela azul como la tarde.

JORGE BOCCANERA (Argentina 1952)

Ella cantaba estrenos

Querida señorita que aquella tarde del pecado mortal lóbregamente abrístete al temor y temblor los dedos cuya uña vibrar quebrar iban luego a rasgarte descubriste el hombro rosa la pared luminosa de la espalda las caderas redonda miel que aleteabas huías fenecías de amor líquido olores y amoníaco arcos violentos te llenabas de sustancias espesas fortalecías y los músculos de asombro dibujaban sombras y grutas nuevas ¿por qué ahora te disfrazas pintas las grietas cubres las amadas? ¿por qué ahora miras el reloj buscas una calle?

FÉLIX DE AZCÚA ( España, 1944 )

Eres fría

Eres fría. A tus labios no se asoma ni la risa, ni el grito, ni la queja. Estatua fueres en la Atenas vieja, mujer no fueres en la vieja Roma.

Como estatua de sal, si a veces toma gesto vibrante el arco de tu ceja, es porque en tu pupila se refleja el rojo incendio de infernal Sodoma.

Tú desdeñaste a jóvenes de brío. Y en matrimonio trágico y sombrío a un anciano te uniste sin conciencia;

y la justicia del amor burlado, como que eres de sal te ha condenado a que te lama el buey de la Impotencia.

JOSÉ SANTOS CHOCANO (Perú, 1875 - 1934)

Espalda

Te vas. algo me dejas cuando me das la espalda. Llueven colmenas desiertas y abejas sin alas.

DANIELA MAZZEO (Argentina )

Esta vieja herida que me duele tanto…

Esta vieja herida que me duele tanto, me fatiga el alma de un largo ensoñar; florece en el vicio, solloza en mi canto, grita en las ciudades, aúlla en el mar.

Siempre va conmigo, poniendo un quebranto de noble desdicha sobre mi vagar. Cuanto mas antigua tiene mas encanto… ¡Dios quiera que nunca deje de sangrar!…

Y como presiento que puede algún día secarse esta fuente de melancolía y que mi pasado recuerde sin llanto,

por no ser lo mismo que toda la gente, yo voy defendiendo románticamente ¡esta vieja herida… que me duele tanto!…

PEDRO SIENNA (CHILE, 1893 - 1972)

Estoy en ti

Estoy en ti buscando vegetales en tu origen. De tu vientre los musgos si levanto el árbol humedeces y transformas, si canción o río desbordado te yergues del ritmo a las orillas. Estoy en ti -desnudo- como niño que juega a las auroras. Reverbera la casa con tu nombre compañera que fuerzas a erigirme. Materna niña nuestra vuestra, heme aquí contigo rescatando la hierba a los umbrales.

OSCAR WONG (México, 1948)

Flor de ayer

Roto el jarrón. La flor durmió todo un invierno. Sé cómo termina un amor, cómo se ha ido.

ALFONSO CALDERÓN ( Chile, 1930 )

Gravitación del retrato

¿Acaso no he tocado tus palmas y tus yemas, no he fluido a través de ti, y en torno de tus talones? ¿Cómo entré? ¿No era yo acaso tú y Tú? Ezra Pound

Entre el agua y la sombra, a orillas de una sedosa mirada nocturna y en la mitad ardiente del abrazo la lámpara nos une como una caricia, como una flor espejeante a un hombro perfecto.

(No sé si he respirado los rayos de su luz y si al mirarte una impalpable lágrima aproximo, una abrigada pluma, una burbuja irisada, un titubeante círculo de amor y de sueños).

Ajena al paso de mi voz, al incesante fuego que va contra el olvido, retirada a música inmóvil había de escucharte,

Detenido en silencio todo cuanto tocas, rostro, vaso de fugaz derredor, madura espalda.

JAVIER SOLOGUREN ( Perú, 1921 )

Gritan allá lejos, escuchad

Para poder siquiera los dos acercarnos necesitaríamos siglos de instantes como este instante. Para que pudieran morir las aguas más sucias, para que pudieran brotar las aguas más claras.

Aquella sed, los gritos, el pájaro amarillo que cantaba ayer tarde y te ponía triste. Aquel candor feroz de tus ojos de esponja en el momento cumbre, al desplegar los párpados.

El viento, el mar, las más bellas palabras que pronuncia un hombre a la hora de morir. El verte y el no verte. El deslizar los dedos por las venas muertas de tus manos vivas.

Todo es vana poesía. Todo se ha convertido en inútil deseo de un deseo de amor.

Para poder siquiera los dos acercarnos necesitaríamos siglos de ternura como esta ternura.

AGUSTÍN DELGADO ( España, 1941 )

Guerra sucia

Amaños, arterias, trucos del corazón que aplacan la conciencia cuando les damos vuelta. Francisco Díaz de Castro

Sospecho que jamás volveré a verte. Sospecho que será mi amor tan corto como el viaje en un tren de cercanías, que no apartarás, durante el trayecto, la mirada del libro que sostienes con firmeza entre las manos, ajena a la lluvia, al paisaje, a mi presencia.

Mientras, el silencio pasa rozándote, rozándonos los labios hablándome de ti, de la noche que se acerca insegura, humilde y vacía como la próxima estación, como el próximo fracaso.

Indiferente y sola, te marchaste. En el aire viciado del vagón quedó flotando el poso de la nostalgia. Perseguí a través del cristal el fantasma de un recuerdo, si hermoso o terrible, lo desconozco. Pero no renunciaré -porque me pertenece- a la lectura de ese joven cuerpo ala deriva, a inventar un pasado, a defender la bondad de los sueños.

Tal vez, años después, ya casi viejo, me arrepienta de las horas perdidas observando cómo el deseo mancha las paredes insomnes de la casa, cómo cubren de escombros y hojas muertas el jardín. Tal vez piense que, en el fondo, todo tiene un precio, que fabriqué una historia, una vida fantástica, irreal que -como advertía Rilke- debo olvidar para hacerla únicamente mía y que desdibujo sin pudor como argumento para emborronar unas cuartillas y engañar así al inocente lector que me cree sincero y siente, quizá, en su propia carne la herida informe, no cerrada del amor traicionado.

Depende de mí, de si continúo o no este juego que vivas o mueras. Con un golpe de suerte, con los dados trucados puedo desenmascararte.

“De Corriente subterránea”

CARLOS ALCORTA (España 1959)

Hiperestesia

Tiemblas, y tus cabellos locos se desparraman como garfios de sombra en tu carne jugosa. Mis manos, hogueras de cinco llamas, lamen el mármol de tu cuerpo hasta ponerlo al rosa.

Extendida a mis pies como una blanca alfombra tiemblas; con tus temblores versos de angustia plasmo. Tu labio es un sendero de sangre hacia el espasmo: eres un surtidor de fiebre entre la sombra.

Mi boca como un sello en tu boca se graba y en las morbideces de tu seno caldeado tiempo. mi pupila, ampolleta de vértigos, se clava.

Hincado en ti, como una garra de escalofrío, me extinguiré, mis nervios como un humo rosado irán en espirales de besos al vacío.

MIGUEL ÁNGEL LEÓN (Ecuador, 1900-1942)

Historia de tu ausencia

Si ahora digo amor tal vez no diga que la ausencia me mira del fondo de tus ojos, que aquí estuvimos juntos, que fue hermoso y que el sol conocía tu perfil de memoria. Tal vez sea imposible que alguien sepa lo claro, la luz que fue llevarte de la mano pequeña como a un tallo mecido por un viento de música hacia los territorios donde aguarda el silencio.

Y ya que estás distante, qué pensarán los árboles qué dirán las canciones, cómo verá la noche mi soledad de río; dónde pondrán su ronda los niños de la tarde, adónde irán los pájaros sin tu risa y mi silbo y la calle tan sola con sus puertas inútiles y las sombras sin besos y los perros perdidos; ahora que la ausencia me interrumpe la boca, ahora que me esperas tan allá de los niños.

Se nos ha muerto el año. Yo le veo el invierno hecho de un sólo frío, de un solo tajo solo a la mitad de agosto, de una dura distancia… larga, definitiva. Porque de pronto sobran los barcos, los andenes y de pronto este rumbo ya no tiene sentido como si nadie fuera hacia ninguna parte o alguien hubiera muerto a mitad de camino.

Alguien. Mi voz. Tu pelo. Las cosas que no dije. La flor de tu vestido. Se nos ha muerto el año donde dejé tu nombre para que recobrara su condición de estío.

Ya no sé, nunca entiendo estas precarias sílabas, cosas que no recuerdo de pronto me dominan: ¿te dije que tenías la piel como de humo? ¿que de estarme en tus ojos me conozco el origen? ¿te he enseñado el misterio de los árboles solos? ¿sabes ya que tus manos son dos siestas dormidas?

No sé, nunca recuerdo tanta distancia, tanta canción que no he cantado cuando anduvimos juntos. Me dolería mucho no haberte dicho todo lo que llevo en la boca casi como otra risa.

ARMANDO TEJADA ( Argentina, 1929-1992 )

Hoy me estoy abandonando de ti amor…

Hoy me estoy abandonando de ti amor estoy fuera en las higueras cargadas y las aguas de las nubes pero no fui yo quien eligió partir una nave extraña que me robó tu mano me succionó la decisión

¡cómo parten mi amor las ramas en el río bajaban escaleras de preguntas como tu boca y mi boca se abrasan atontando esta distancia que buscamos aún no aún no podemos -arder como frágil leña en los incendios de las selvas las casas del mar como somos dos caballos cuatro peces y un larguísimo aliso tejiendo dibujos por el viento movido esas hojas el jugo de estas venas es sangre de animal asesinado!

¡cómo parten mi amor los pájaros hacia el más allá! tal vez golondrinas en los tejados posen hoy la palabra que no digo pero cómo clavaron los veleros arrastrados huyendo de la tormenta cómo clavaron nuestros movimientos secos -de un golpe- contra las paredes!

¿deserción móvil? mi amor porque te amo

XELA ARIAS (España, 1962)

Jardín del cementerio

Una hoja resbala desde el árbol y es tu mirada la que, vuelta mano, detiene su caída unos instantes; luego toca la tierra humedecida por la blanca llovizna del verano y se confunde con un montón de hojas arrugadas. Huele a calas, jazmines, crisantemos.

Das media vuelta y piensas en cuándo serás tú, si caerá nieve. Escribe un nombre propio el tiempo en cada lápida y sin embargo, hermosas, cuelgan pequeñas flores del almendro.

ANDRÉS NEUMAN (Argentina, 1977)

La rosa

Esta rosa en el cielo, inmóvil, pura; y este aire, que la cerca, y la convida: y ella, en su propio sueño suspendida, serena, en su voluble arquitectura.

Es casi de cristal, en la segura presencia de su línea estremecida: tan perfecta, en el tono, y la medida, exactos, de su tedio y su hermosura.

El aire pasa, y ella, sola, queda, embriagada en su tácito perfume, oculta entre su tálamo de seda. Y en la alta noche su virtud resume trémula gota que, en la sombra rueda, y en estéril silencio se consume!

JOSÉ UMAÑA B. (Colombia, 1899-1982)

Las doncellas

Una doncella tendida es un continente virgen o un inviolado bosque rodeado de misterio.

Hay en la cabellera pájaros encendidos como a la orilla de los ríos sagrados, la cabellera de árbol-de-la-noche-triste.

Un enjambre de besos tiembla sobre su rostro igual que las abejas sobre el rostro del nardo.

Las manos, donde aprende caminos la fragancia, acuerdan los antiguos incensarios de barro.

Los hombros tienen la suavidad de los helechos y el brillo de los astros anónimos y puros.

Resbala en las cadenas de opulentos contornos el peligro de seda de las panteras negras. El mármol desvaría columnas en los muslos y el ónix se enloquece de límpidas arcadas.

en los pequeños lagos detrás de las rodillas las libélulas soplan las flautas de los lirios.

Y en los tobillos de oro la música reviven el espectro remoto de danzas primitivas.

Inmóvil y desnuda es sagrada como los bosques.

OTTO RAÚL GONZÁLEZ (Guatemala, 1921)

Las medias blancas

Tengo unas medias blancas de encaje que me pongo cuando me visto el traje negro de los recuerdos. Son unas medias finas, hambrientas de fantasmas que hacen juego con los pájaros interiores, oscuros.

Las piernas, penetradas por estas bocas blancas, levemente se abren con signos vegetales.

Los hilos amanecen mi piel, brotan, perdiéndose, entre los elevados pensamientos más íntimos.

En derredor: imágenes de ocupación pelviana, soberbias latitudes desde el puente atestiguan la entraña y las enaguas levantadas al vuelo.

¡Qué holgada está la tela de la falda de flores, la rodilla suavísima con olor a naranjas!

Por los muslos se agrandan los dibujos henchidos, son copos invisibles calcinando altas cumbres. Me infunden sobresaltos, me clavan dulces flechas, tan finas son las mallas que saltan los engarces y hasta el ocre desierto los poros me rezuman feroces desatinos, presagios entreabiertos.

Siento flores y manos crecer entre las piernas y más arriba el musgo tapando el azulón vellón de la albufera.

No podría ponerme estas medias sabiendo la gracia que se esconde, generosa, en tu boca. Espumosas persisten, sin causa me rodean, temibles de tu roce, sin fatiga, explorando.

ISLA CORREYERO ( España, 1957 )

Laetitia in umbra

Odalisca de harén que me enamora, la hora de su cita es la que aguardo para aspirar la esencia embriagadora de su carne, olorosa como nardo.

De sus ojos la llama abrasadora me enardece, punzante como un dardo, ya su cuerpo de diosa triunfadora le rinde parias mi laúd de bardo.

De la noche en la sombra misteriosa, en el muelle diván color de rosa le brindo mis caricias, mis excesos;

y turbando el silencio de la alcoba en nuestras bocas, que el placer arroba, estallan, resonantes, nuestros besos.

ADRIANO M. AGUIAR (Paraguay, 1864-1912)

Ligero como el canto que no acaba…

Ligero como el canto que no acaba Se ondula tu recuerdo en el verbero. Regresa y es el mismo. Despierto y no es un sueño, A tu vuelta inocente encadenado. La voz no sabe lo que canta. Tallas mi vida y no lo advierto. Hablo, Y siempre ignoro de quién hablo.

JOSÉ CARLOS CATAÑO (España, 1954)

Los pájaros divinos

Júpiter -que en el cielo del Paganismo asoma con el supremo brillo de la más noble estrella- de un cisne se depara la forma blanca y bella por que Leda le embriague de su carnal aroma.

El Espíritu Santo -que la Iglesia de Roma consagra en la trimurti donde su Dios destella- por gozar el aroma de la núbil doncella viste la forma bella de nítida paloma.

¡La paloma y el cisne! ¡Siempre el blancor alado, siempre el albor con alas, en inefables curvas, propicio a los misterios del divino pecado!

¡Oh cisnes y palomas! ¡Oh pájaros propicios al Dios en celo! Adoro lo que ignoran las turbas en vosotros: el alma de los sumos fornicios…

ALFREDO ARVELO LARRIVA (Venezuela, 1883 - 1934)

Los pájaros no aman

Los pájaros no aman pero cantan canciones que sí amamos son de amor. En el bosque de las mimosas el polen perfuma tu cuerpo. Amar es una herida de luz. Vivimos un instante de góndola y peces dormidos. Despertamos en el dolor. Tus ojos son dos corazones, dos ánforas de bálsamo. En el céfiro de los heliotropos tu corazón es una dádiva. Las flores no aman pero iluminan el amor y lo decoran.

JOSÉ ANTONIO MASOLIVER España, 1939

Los tiempos jubilosos

1 Aunque la piel se gaste yo quiero despertar y hallarte cerca, contigo amanecer día tras día. Yo quiero detenerte, quedarme en tu mirada para siempre.

2 Y cuando caminemos y el aire nos divida o se atraviese el miedo serán tus ojos únicos los que me den la mano.

3 Nos habla esta ciudad con un idioma de alas y barcos, esta ciudad de Seatle en donde resucitan los recuerdos. Esta ciudad azul tiene un costado ardiente y tiene mil esquinas en donde se han amado nuestros pasos.

4 Hoy puedo agradecerte por esta mariposa de placer, por esta gota ardiente que pones en mi piel alucinada, por esta luz de fresas que traes en la punta del silencio. Te doy amor las gracias por este nuevo vino que me ofreces.

VIOLETA LUNA ( Ecuador, 1943)

Lumbre secreta

Un silencio de rosas te perfumaba el pelo, la sombra de la ausencia movía los rosales, una sonrisa ardiente iba quemando el alma.

Las islas cambiaban sueños en la noche, el amor regalaba sus nobres a las cosas. Olvidar era un poco aprender a morir.

Ausencias y ciudades continuaban uniéndome en el sueño, volvía la ola a relatarme tu infancia, pero el tiempo había encanecido de pronto y sólo era posible escuchar una lluvia invisible en la última galería del corazón.

ALBERTO BAEZA FLORES (Chile, 1914 - 1998 )

Luz usada

Quedó tendido el tiempo y nuestra piel en el último rayo que entró por la ventana.

Cuando regrese el sol, tras la tormenta, su luz estará usada: en el color que habita entre mis manos descubrirá que has sido mariposa.

CARLOS BRIONES (Alemania, 1969)

Mademoiselle Givenchy

(Escarlata O’hara)

Me has dado la alegría de tus altos tacones, el bebedizo alcohólico de tus medias de zorra y la provocación del color de tus ojos que Valera robase en Pepita Jiménez. Me has seducido, en fin, con tu carmín idólatra y el tóxico feroz de tus cejas negrísimas.

Y me has dado también el licor de tus labios, el spleen de Madrid en las tardes de otoño, el aroma de kif de Valle en sus Sonatas y una luz turbadora en el show de los palcos. El gesto y desafío devoto y altanero- que Marilyn brindase al cuento de Capote.

En la noche más honda tu presencia ilumina la amarga y devastada ausencia de la aurora, y la frivolidad de tu risa miope se hace rosa profana de salvación perpetua. Aterrizaste ociosa con tus alas de maga para contaminarme en mi desasosiego.

Bajo la luna llena, desnuda y melncólica atraviesas espejos de deseo y de vértigo con la aniquiladora belleza de la fiebre invitando a un viaje de magia y de arrebato. Si arcángel de ebriedad serás imán y pétalo, si reina de las nieves, aviador y diamante.

ÁNGEL RODRÍGUEZ (Londres, 1961)

Madrigal

¿Cómo cantar al sol si es la mañana que llama y es tan dulce besarte cuando sabes que amanece y que tu cuerpo es luz y yo la toco mientras el día duerme aún?

JESÚS GARCÍA CALERO (España, 1965)

Más allá del amor

Si en el amor la noche nos abrasa, no es del amor el límite tan sólo la profunda tiniebla. Dulce pluma también le brinda el pálpito inefable del misterio remoto, en voz, caricia. Pluma o trémula llama que nos funde con la pasión ardiente -¡oh puro fuego!- de tantas altas noches inmoladas noches del alma claras, trascendidas. Nunca el amor, hoguera de la noche, que en las divinas luces se contempla, mas soledad nocturna de los hombres. Nunca el amor, si el hombre sabe amarlo, luz de nieves más tristes y fugaces. Cuando en las noches negras desvalidas.

Pedro Pérez Clotet (España, 1902 - 1966)

Me cuentan que has llorado…

Me cuentan que has llorado oyendo versos míos, Porque tal vez encierran un poco de emoción… ¿Y te has creído acaso que yo al decirlos río?… ¡No, cuantas veces me llora el corazón!…

Si una sonrisa triste me has visto por ventura, No es porque mi vida tenga con qué alegrar… ¡Como si disfrazara sonriendo mi amargura, Me río casi siempre, tratando de olvidar!…

¿Cobarde?…Dios lo sabe si esto es cobardía, O si, por mala suerte, el rumbo equivoqué…, ¿Qué quieres tú que yo haga con esta pena mía, Si ya hace tanto tiempo que vivo así, sin fe?

Me cuentan que has llorado, que se clavó en tu pecho La espina de mi angustia y mi pesar también… Bendita para siempre por todo lo que has hecho; Tus lágrimas sentidas me hicieron mucho bien.

¡Sí tú supieras cómo estoy agradecido!… ¡Acaso pronto un día te lo dirá mi amor, Cuando tus dulces besos como elixir de olvido Vayan cicatrizando mi vida de dolor!…

Me cuentan que has llorado oyendo versos míos, Porque tal vez encierran un poco de emoción… ¿Y te has creído acaso que yo al decirlos río?… ¡No, cuantas veces me llora el corazón!…

Enrique P. Manori

Memorias de mi piel

Mi piel tiene memorias de tus manos recorriendo el desnudo de mi entrega tiene tu aroma tu costado tu aliento tu sabor tu triunfo mis derrotas Mi piel tiene sonidos de ternuras vibrando cada encuentro en la penumbra tiene tus restos y tus rastros la luz opaca del deseo y el rostro del amor amaneciendo

ANA MARÍA MAYOL ( Argentina, 1953 )

Metamorfosis

Con la misma línea estrangulada en el talle enfatizando las caderas y los pechos viene mojada la maniquí.

De dónde esta muchacha que era pobre ha sacado ese aire de comercio dónde ha dejado el martirio de Kavafis la revolución de sus sandalias con suela de pescado, el negro sentido de su furiosa réplica de Goya aquella especie de cráneo hermafrodita ni de varón ni de hembra sólo un cráneo sediento interminablemente herido por las moscas perfecto para dar indiferencia lento para negar.

Qué diferente fue sometida esclavizada a otro. Y que domesticada ahora por los flases los dólares las telas dóciles a la luz y al hilo.

Que cambiazo esta negra con penas que lloró y ahora inmaculadamente seria y rica anda mojándose de lluvia libertad.

ISLA CORREYERO (España, 1957)

Mientras tú duermes

Envejecía el mundo sin que yo la advirtiera todas las calles eran la misma calle mil veces recorrida hacia ningún lugar, todos los libros hablaban de lo mismo y en la obscena pantalla del insomnio memoria y deseo fornicaban sin ganas, un solo día gris era mi vida, un eterno domingo sin nadie, amarillentas páginas de una vacua novela con un final previsto que no será feliz.

Todo en el mundo era viejo y cansado llegaste tú, cuando el azar te puso, pedir permiso, a caminar conmigo. ¿Por cuánto tiempo? Un día, un mes, un año, una eternidad o un relámpago. El plazo sería breve aunque infinito fuera.

Después de andar, reír, beber en compañía, esta noche de agosto duermes a mi lado mientras yo sueño sin poder dormir. Hay envidia en mis ojos, no deseo (o más envidia que deseo). Quede el jardín negligente de tus labios para quien tema menos el peso de la dicha. No es tu joven sexo lo que quiero. Sólo quiero, por un instante solo, mirar la noche con tus ojos niños. El mundo vuelve a estar recién creado si me dejas mirarlo con tus ojos.

JOSÉ LUIS GARCÍA MARTÍN (España, 1950)

Mujer

pequeña y casi oculta en la penumbra de un gesto oscuro y pulido como el bronce Iba a pasos cortos hacia el fin del día hacia las piedras de la derrota dúctil y recogiendo en su seno el oro de las horas va a pasos rectos hacia el fin del día si alguien la espera en el lindero de su noche que le salga al encuentro y que resuelva esa penumbra elástica donde destellan apenas las horas y se enlazan venas restallantes henchidas de una sangre abrupta y honda que es el primer momento de la luz

AMERICO FERRARI (Perú, 1929)

Mujer en dos tiempos

Ha pasado la flor del aire, las calmas espesas del sur. Ha tenido las piernas sacudidas de olores, caladas por un éter fugaz y anunciador. Aspira el aire como asiéndolo cuando imágenes rojas de poniente le vienen del horizonte al vaso. Porque la figura del deseo como un verso dura más que el tiempo que condensa y después, en estos prostíbulos tristes, renace a veces, rígida y fugaz como un verso, sin futuro, sin esperanza como un verso, rígida.

CARLOS PIERA (España, 1942)

Mujer en la esquina

Ya no tienes siquiera un borbotón de llanto para llenar tus ojos…

Mujer rota en la esquina, esqueje silencioso de un arbusto que fue tronco lozano, ¿qué celeste criatura se te apagó de golpe para que tú te alzaras en medio de tu ruina como un sórdido canto?

El hombre te transita, socava tu amargura y abreva entre tus aguas su sed interminable; pero nunca detiene sus ojos en los tuyos, ni piensa que tú fuiste una dulce muchacha de trenzados cabellos… o una niña que amaba su muñeca, a un hermano, a un árbol, a una rosa…

Mujer rota en la esquina, pregón que nos delata otros mundos siniestros donde el alma es tan sólo una palabra triste; y la sangre un charco sin transcurso; donde los ojos son torpes caminos para llegar al lodo; donde los labios son gritos en pugna y las bocas cavernas infranqueables con un manar de voz como impacientes marejadas de fuego, turbio, impuro…

Mujer rota en la esquina, desgajada de los días hermosos, de los campos floridos, cuando te encuentras sola con tu antigua criatura, cuando sientes tus ojos arrasados de lluvia y no puedes llorarla, ¿qué rencor se te enciende como hermosa bandera para azotar el signo de tu vida? ¿Qué palabra pronuncias? ¿Con qué voz nos golpeas a todos los que fuimos, tal vez, fariseos? ¿Y que desden te cubre la mirada? ¿Y qué odio voraz te quema el pecho? ¿Y qué mano levantas vengativa? ¿Y qué risa nos tiras a la cara como lluvia pequeña?

ANGELINA GATELL ( España, 1926 )

No pido sino tu sola presencia…

No pido sino tu sola presencia tu dorada voz y la tierna caricia de tu mano.

No pido sino tu amor la sangre y tu deseo para mi tiempo.

A cambio yo para ti como la planta para el rocío la rama para el pájaro la nube para el viento.

MARGARITA CARRERA ( Guatemala, 1929 )

Nocturno

La noche nos inventa. Sus amantes, somos sus preferidos amantes. Oye cómo crece su inmenso pulso derramado. Aprisiona su informe aroma.

¿Duermes?

Soñamos juntos al labio del abismo.

La noche nos inventa. Yo te tengo, ámbar toda. Tú cortas de mi sangre las amapolas más lejanas. Bajo la apasionada luna de tus sienes advierto que. la noche entra en nosotros, se enardece lo mismo que yo.

¿Sueñas?

Despiertos, sobre el mundo navegamos. La noche nos inventa. Va naciendo de este extremado limbo compartido una rosa que embriaga como el jugo difuso de la muerte. ¡Acude! ¡Sálvame! Salva este eterno instante, de las sombras detén este latido final.

¿Vives?

Muertos de amor, un lirio nos conduce.

JUAN REJANO ( España, 1903 - 1976 )

Nocturno a Rosario

¡Pues bien! yo necesito decirte que te adoro decirte que te quiero con todo el corazón; que es mucho lo que sufro, que es mucho lo que lloro, que ya no puedo tanto al grito que te imploro, te imploro y te hablo en nombre de mi última ilusión.

II Yo quiero que tu sepas que ya hace muchos días estoy enfermo y pálido de tanto no dormir; que ya se han muerto todas las esperanzas mías, que están mis noches negras, tan negras y sombrías, que ya no se ni dónde se alzaba el porvenir.

III De noche, cuando pongo mis sienes en la almohada y hacia otro mundo quiero mi espíritu volver, camino mucho, mucho, y al fin de la jornada las formas de mi madre se pierden en la nada y tú de nuevo vuelves en mi alma a aparecer.

IV Comprendo que tus besos jamás han de ser míos, comprendo que en tus ojos no me he de ver jamás, y te amo y en mis locos y ardientes desvaríos bendigo tus desdenes, adoro tus desvíos, y en vez de amarte menos te quiero mucho más.

V A veces pienso en darte mi eterna despedida, borrarte en mis recuerdos y hundirte en mi pasión mas si es en vano todo y el alma no te olvida, ¿Que quieres tu que yo haga, pedazo de mi vida? ¿Que quieres tu que yo haga con este corazón?

VI Y luego que ya estaba concluído tu santuario, tu lámpara encendida, tu velo en el altar; el sol de la mañana detrás del campanario, chispeando las antorchas, humeando el incensario, y abierta alla a lo lejos la puerta del hogar…

VII ¡Que hermoso hubiera sido vivir bajo aquel techo, los dos unidos siempre y amandonos los dos; tú siempre enamorada, yo siempre satisfecho, los dos una sola alma, los dos un solo pecho, y en medio de nosotros mi madre como un Dios!

VIII ¡Figúrate que hermosas las horas de esa vida! Que dulce y bello el viaje por una tierra asi! Y yo soñaba en eso, mi santa prometida; y al delirar en ello con alma estremecida, pensaba yo en ser bueno por tí, no mas por ti.

IX !Bien sabe Dios que ese era mi mas hermoso sueño, mi afán y mi esperanza, mi dicha y mi placer; bien sabe Dios que en nada cifraba yo mi empeño, sino en amarte mucho bajo el hogar risueño que me envolvió en sus besos cuando me vió nacer!

X Esa era mi esperanza… mas ya que a sus fulgores se opone el hondo abismo que existe entre los dos, ¡Adios por la vez última, amor de mis amores; la luz de mis tinieblas, la esencia de mis flores; mi lira de poeta, mi juventud, adiós!

MANUEL ACUÑA (México, 1849 - 1873)

Nosotros

Sólo un instante que apagó el crepúsculo. Nosotros nada más y el acto único de prender la llama, la eterna llama.

Ya está cerrado el mundo y han dejado de existir las cosas que nos miran. Nosotros nada más. El pájaro callado y la rama vacía.

Y la noche cubriéndonos sin saber hasta dónde. Nos dejamos caer en un profundo pozo de silencios.

Nosotros nada más.

Y el aire que apaga su latir para este instante de cuerpos que se hablan, de manos que se buscan, de bocas sorprendidas.

Ha estallado un amor que duele, canta, oprime. Es una muerte dulce, una pasión que corta el aire de las rosas amargas.

Y este vaho caliente que va esculpiendo palmas divinas en mi mármol.

KYDIA MATEOS ( Uruguay )

Oculto

Quédate en un ángulo callado de mi pecho puéblame los labios a escondidas desátame las cintas sin que vea llena mi tiempo sin que sienta Hazte fantasma en el castillo de mi cuerpo habítame láteme suspira muerde toma después oculta cada letra de mi nombre y pierde para siempre mi memoria.

LIZ DURAND GOYTÍA ( México )

Olvido

Perdí ya el goce del dolor que dieras, perdí tu tempestad, gané el olvido. Aquel vuelo afiebrado halló su nido y no me importa ya que no me quieras. Viví con el terror de que te fueras, ahora ya no sé si al fin te has ido. Si nunca te gané, que te he perdido sé con seguridad. Ya no hay esperas. La cuerda tensa sin pensar se corta y la abeja volando se fatiga.

LUIS OYARZÚN (Chile, 1920 - 1972)

Pardo Adonis

De la uva exhausta de mis cinco sentidos exprimo en tu honor, pardo Adonis, esta gota de vino… ¡Vino de tedio tinto! ¡Hincha a solas el río seco de mi instinto! ¡Hincha y suelta mi río hacia el bosque perdido de lo desconocido! El día, pardo Adonis, donde mi tedio estanco, es todo blanco… ¡Tedio de la blancura, del color sin color…! ¡Por tu cuerpo y la noche, de mis ojos lo arranco! ¡Mis ojos quieren sombra! ¡Mis ojos quieren triste resplandor! Mi pena quiere alfombra y cortinaje negro… Mi pena quiere frente a sí el allegro de máscara de tu reír sin fondo… ¡Tu risa, flor de hiel!

CLARA LAIR (Puerto Rico, 1895-1974)

Penthouse

Encerrado en mi cuarto, creándome una vida de ficción que ha de guardar un libro, convertiré mi vida en un objeto.

De la vida prefiero los objetos. Me rodeo de cosas: de artilugios mecánicos, de papeles, de cables, de unas cintas de vídeo.

De una mujer no busco lo que guardan sus ojos o esconde en su insondable corazón -toda vida interior acaba siendo tan poca cosa y triste y desvalida-. De una mujer prefiero crearme la ilusión de que está fuera de la vida -del tiempo y los infiernos-, sentirla luminosa, incorruptible, como un objeto puro de deseo.

JUAN PEÑA (España, 1961)

Perdóname el dolor, a veces…

Enero, 1980

Perdóname el dolor, a veces,* perdóname la tristeza casi siempre y la soledad (es así como llamo a tu ausencia). Perdóname el silencio y las palabras ahora. Perdóname la alegría si te tengo un poco, los encuentros, los versos, mi pobre vida. Perdóname la esperanza todavía (la tomo sin dármela y la asumo como único alimento). Perdóname que hable que calle que respire pero nunca que te ame. Condena mi amor, castígame por él, quiero el infierno por pabia y aposento, que los días me torturen y conozca la fatiga, que tus reproches me vistan de martirio, tu furia de sangre. Maldita y desterrada, te seguiré queriendo y seré, más que nunca, imperdonable.

*«Perdóname el dolor, a veces». (Pedro Salinas)

PILAR PALLARÉS De Sétima soidade, 1984 (España, 1957)

Pincel de sueños

Cuando sientas al cobre de una ausencia desgajar el encanto de tu vida y tu cuerpo se manche con la herida de quien fue separado de la esencia;

busca el hierro de tu alma resentida, pues quien sabe dar calma a su conciencia encuentra con los dioses la paciencia y logra al desconcierto dar salida.

No temas que la tarde no te ofrezca el manso alivio de otra piel amiga; que el candor de una mente bella y fresca

es para las estrellas una liga, de aroma suave y lento que refresca y al beso de las llamas se hace viga.

HILDA BAUTISTA (México, 1956 )

Pobre amor

¡Pobre amor! No lo despiertes, que se ha quedado dormido. Hay en sus labios inertes la tristeza del olvido. ¡Pobre amor! No lo despiertes, Dios sabe cuánto ha sufrido. ¡Pobre amor! No lo despiertes, que se ha quedado dormido.

ALBERTO URETA ( Perú, 1887 - 1966 )

Poema

Me miras; te envuelves en ti misma, en la luna, en el árbol hirviente de pájaros arde, se quiebra.

Lloras; agua en polvo, cristales azul y verde transparentes, tibios, neutros: se quiebran lentos, sin ruido en arena blanca la recojo fría.

Juegas: mohosas nubes y toca ardiente en su sombra verde de palmera triste inventas desiertos y descubres cielo, cubierta en el polvo del insomnio.

Duermes: dogmáticos tigres y abismos de soles; vida que fluye entre los huesos, rebozo de viento que te mece en el instante: sueñas, te llamo, madrugada invisible.

Re sílaba en silencio palabra en la nota se yergue arcoiris gris de nota sola.

Molino de nieve en la lluvia de viento en la tierra lluvia entre mares de luces de soles lluvia entre bosques encalados de luna lluvia de chispas que queman la lluvia viento de lluvia ,que viste de luto la yerba viento de tierra que regresa al río.

Al viento la hoja ala de mirlo del álamo triste.

Más que polvo la ola más que la ola la espuma más que espuma el granizo mármol de tiempo.

Ese tiempo de roca presente de piedra ese se escapa en eses plurales ligera la nube.

Vacío soplo de esencias remolino de eses de frío como luna entre soles que queman la arruga del tiempo polvoso hilo que escapa como el alma del vivo para envolverse todo en sí mismo en olor de sueño y lágrimas

y solo recobrarse el mirlo la nota el mármol el árbol yo conmigo contigo

JOAQUÍN XIRAU ICAZA (México, 1950 - 1976)

Primavera en Eaton Hastings

Porque te siento lejos y tu ausencia habita mis desiertas soledades, qué profunda esta tarde derramada sobre los verdes campos inmortales.

Ya el Invierno dejó su piel antigua en las ramas recientes de los árboles y avanza a saltos cortos por el prado la Primavera de delgado talle.

Por el silencio de pendiente lenta rueda la brisa en tácito oleaje y apunta la violeta su murmullo al pie del roble y de la encina grave.

En las aguas inmóviles del lago anclan nubes y luces vesperales y tiende el bosque sus flexibles redes al vuelo prodigioso de tu imagen.

El sol azul con cuidadosas manos rayos y brumas teje en noble arte hasta dejar de tu color, amada, la piel inmaculada de la tarde.

Te miro recostada sobre el césped, agua verde y verdor claro tu carne, tu rumoroso pelo embravecido y el bosque de tu risa palpitante.

Alrededor de tus tobillos breves ciñe la luz minúsculos collares y abrazan a tus brazos poderosos los tallos y las ramas verdeantes.

Pulsan, las finas cuerdas del silencio tus voces y los pájaros locuaces; el cielo en plenitud abre sus venas de calurosa y colorada sangre.

Y alza mi corazón su pesadumbre como un nido de sombras un gigante!

Pedro Garfias (España, 1894 - 1967)

Recostada en mi oreja…

Recostada mi oreja entre tus pechos se adivinan minúsculos bisontes –sin materia y sin peso– corriendo libremente en tus praderas.

Oír el despertar de un bosque: las puntas de los vellos erizados por un viento sin ruido; y allá, contento, el monstruo imponderable que pasta en tu pellejo.

Oír detrás del corazón las olas quietas: el gorjeo del silencio agazapado en rincones sin aire; leer en esa nada nuevos ritmos, y nunca preguntar “¿qué piensas?”

LUIGI AMARA (México, 1971)

Reto a Venus Cavaleri

¡Púgil del sensualismo, te desafío a lid amorosa! ¡El genio griego ha inflamado mi alma por la gloria lechos! ¡Anhelo más que el triunfo de los juegos olímpicos del Arte, más que el oro y los trofeos y las gemas de Bizapur, contemplar, después de la lucha hirviente, los ojos de una amante, llorosos y agradecidos! ¡La moribunda lasitud de un cuerpo ablandado por el placer, me sonríe mejor que la ambrosía; me embriaga más dulcemente que el Falerno apurado en las ánforas etruscas! ¡En la noche de Venus yo canto a los deleites soberanos un himno de fatigas! ¡Velan sobre el misterio de la Diosa mis párpados insomnes! ¡Sobre el seno de una amante sé detener la Noche y atraer la mirada de los astros! ¡Yo vivo en las súplicas de la agonía de los besos la eternidad de la tumba! ¡Yo recojo en el seno batiente de las locas derrotadas el laurel de los triunfos venusinos! ¡Yo seguiré la ruta de tus convexidades: ¡Intrincaré tu cuello, tus brazos, tus senos, tu cintura, tus muslos, tus pies de lotus, con hilos de perlas de besos! ¡Yo tachonaré tu cutis de nácar con las manchas moradas que enseña el libro del amor indostánico! ¡Serán tus incensarios las alcobas hervorosas de sándalo consagradas al arrobamiento de K ama! ¡Se desvanecerán sobre tu ara la mirra y el incienso, el sándalo y el almizcle, el cinamomo y el ámbar, todas las notas de la música del Perfume! ¡Yo haré fulgurar bajo tus párpados volteados el centelleo de los goces trémulos que entonan sus cánticos de gloria en los Paraísos del profeta! ¡Yo ceñiré a tu cuello la sierpe del placer afanoso! ¡Yo abismaré tu razón con filtros salomónicos! ¡Yo poseo de Ovidio y de Propercio el secreto de rendirse!

ROBERTO DE LAS CARRERAS (Uruguay, 1873-1963)

Romance de Meri lejana

Te fabriqué un nombre, Merí, para llamarte y saber que nadie en el mundo te llamaba Merí como yo. Merí, en la noche madura y en el filo de las madrugadas, en la rapidez del grito y en la punta. Más allá de mí y de mi muerte. En la soledad y en mi desesperación: rezo tu nombre que es mío, como todas tus lágrimas. Rezo tu nombre y una noche azulada, como antes, avanza hacia el recuerdo y te vivo junto a mí, también como antes.

Recordar es ir amontonando vida para que la muerte duela menos. Ya están aquí otra vez, tus ojos y dentro de ellos toda la tristeza del mundo, que con ser tan enorme, es siempre menos, mucho menos, que tu tristeza.

Tus ojos y tu voz. Me hablas y en algún país lejano, del otro lado de la noche, debe estar lloviendo mansamente. Digo tu nombre, Merí, y vienes hacia mí como la muerte. Ya estas en mi y conmigo, como antes. Pueden pasar los siglos y los cielos del mundo pretender alejarte, que yo diré tu nombre, Merí, y podré más que los cielos y los siglos.

Para tenerte junto a mí, de nuevo, me basta rezar tu nombre, que es mío como todas tus lágrimas. Tal vez ya no me quieras. Hemos hecho tantas leguas irremediables hacia el olvido, que acaso, ahora no me quieras, pero que importa si ya me has querido para siempre, bajo el cielo infinito. ¡Que importa no tenerte, si llevo junto a mí tu nombre, Merí, la incansable tristeza de tus ojos y el rumor de lluvia que tenían todas tus palabras!

Tal vez ya no me quieras. ¡Sabe Dios por qué cielos y en que noche viajas, viajera del recuerdo, pero has dejado junto a mí tus sueños y tus lágrimas! No te has ido del todo, ni te irás mientras haya en el mundo una noche, una sola, y siga lloviendo en algún país lejano.

Más que no tenerte y lo perdido, me duelen los sueños que quedaron sin vivir. El hogar y el hijo. Como quien dice el puerto y el ancla… Infinitamente más, me duele de los dos el hijo que ya no tendremos, el beso del que hubiéramos hecho su vida y su nombre, que fue el único beso que no llegamos a darnos. Pienso en el hijo y tiemblo. Tiemblo más por ti que por mí, imaginando la espantosa desolación de tus manos y la muerta canción de cuna que no pudiste cantarle…

Viajera querida: ¿por donde andarás ahora? Tus palabras: ¿en que país del mundo estará lloviendo ahora? Tus ojos: ¿quién es ahora el hombre que tiene la gloria de estar junto a tu tristeza?

Amabas la noche, las calles soledosas, los árboles viejos… Te entristecían las mujeres que mueren jóvenes y en primavera, y los hijos ajenos te dolían en mitad del pecho, como cuchillos. Recuerdo que entonces te acariciaba los ojos y mis manos volvían húmedas del llanto de tu viaje.

Merí… digo tu nombre, mío, y mi soledad se puebla íntegra de tu recuerdo. Acaso no me quieras ya, hemos hecho hacia el olvido leguas irremediables. Sin embargo, tal vez sí… me quieras todavía. Más allá del olvido sigue el amor perenne!

Pienso en tus ojos. Por eso mis palabras son tan tristes. Viajera de Dios: ¿Qué caminos hay que andar para encontrar tu camino? ¿Dónde queda tu cielo que está tan lejos de este cielo mío? Te pienso lejana y te lloro junto con la noche.

Todo cuanto esperé llegó contigo. Dios te había puesto a mi lado para todo lo grande: El amor, el trabajo, la muerte, la desesperación. Te he perdído y ahora sé, que se puede asesinar la dicha y estar vivo. Pero no te he perdido del todo. Sé que en la cruz de una esquina, no importa el tiempo, volveremos a encontrarnos. Tus ojos y tus palabras vendrán a mi encuentro, viajera querida.

Aún puede llover sobre mis noches y la infinita tristeza del mundo puede estar junto a mí, de nuevo, como antes. Soy un hombre que amó mucho y espera. Esperar es ir hacia la muerte de a poco. Aún allí te espero. Cuando se amó, como yo, no hay camino que duela. Escucho tu voz. En algún país lejano, del otro lado de la noche, debe estar lloviendo mansamente.

Viajera querida: porque cuanto esperé llegó contigo, te rezo estas palabras, viejas como el mar: No morirás en mí ni conmigo. Tengo una noche, tuya, una tristeza grande, tus ojos y un recuerdo con sabor a lluvia, tus palabras. Aparte de ello, un nombre, Merí, que es mío como todas tus lágrimas. Tengo pues, todo lo necesario, para iniciar mi viaje hacia la muerte.

ROBERTO VALENTI (Argentina)

Rosa nueva

y otra vez unos labios rosa me invaden; calor de ojos que piensan, pétalos sufridos de aguardar años y años y años… Pongo mi boca. Sufro. Plumas adoro, noche encendida, deseo. Ya quebrada la brisa, más sed agotará mis luces de pasión por la rosa nueva.

MANUEL DÍEZ CRESPO (España, 1910)

Se fue el amor

Se fue el amor, se fue de madrugada, descalzo y en silencio, sin maletas. Dejó una foto vieja y arrugada, con restos de carmín sobre sus grietas.

Se fue el amor, se fue sin previo aviso. Marchó sin un adiós, sin un lamento. Tal vez se fuera así porque me quiso. Tal vez su voz calló de abatimiento.

Se fue el amor, marchó por la vereda que aleja su perfume de mi almohada. Marchó el amor, y ya ni amor me queda. Se fue el amor, se fue de madrugada…

Diego Jerez (España, 1977)

Si pudieras nacer de mis dos senos…

Si pudieras nacer de mis dos senos en vez de dormitar en quieto vientre, yo te iría llevando, amado, entre dos montes de salud y lumbre llenos.

Te encontrarías en vírgenes montañas, donde sombras en luces se confunden y saltan turbulentas y se hunden en la sima veloz de mis entrañas.

Tú estarías, alma y cuerpo muy serenos, reposando sobre híbridas alfombras -pura esencia de luces y de sombras- contemplando el misterio de mis senos,

que, halcones de la luz, defenderían con el fuego inconsciente de sus poros y el fruto de sus selvas tan extrañas;

y al nacer dulcemente se abrirían gimiendo silenciosos en sus lloros, como aves que perdieran sus entrañas.

ANA ANTILLON ( Costa Rica, 1934 )

Soledad

En este olor de soledad concreta que llena los jardines por la tarde, y en esta luz de la glorieta antigua cubicada en perfumes de arrayanes: cuando las aguas del estanque copian del cielo, apenas, rumbos y celajes, y una quietud de flores y de pájaros hace surgir la noche por los aires… una tristeza pura, más que humana, va serenando el ritmo de la sangre. Y nos avisa un eco de la muerte. Y se oyen las palabras de los ángeles.

Joaquín Romero Murube (España, 1904 - 1969)

Sombra distante

Dejé de amarte, con designio inscrito En el ávido ardor de tu impaciencia Y el inmolado amor, frágil, marchito Mostró amargo, su incrédula evidencia.

De mi deseo tu calor proscrito Dejó al amor sin mística clemencia, Que calmara tus ansias de infinito En el umbral de tu fatal ausencia.

Fugó mi encanto al contemplar tus ojos mostrando del amor vanos despojos del éxtasis de fuego del pasado.

Y vaciló mi brazo siempre alerta cubrir tu imagen inasible, incierta Ausente como espectro abandonado.

ARMANDO SORIANO B. (Bolivia, 1923)

Tango para “Irma la dulce”

Aquí estuvo sacudida por el manoseo las habladurías y los despertadores Aquí estuvo demasiado triste en el final las palmas bajo la nuca y el pelo desparramado agreste como barba de coco mirándolo todo con simpleza y admiración “como se ve que tú eres escritor” me dice a mediavoz en la tiniebla de un cuarto con ginebra estéreo y flores de plástico de todos los colores Allí figuraban y no podían faltar claro está Sosa Beny Moré Gardel los clásicos del tango y el bolero y los otros los Mozart y los Beethoven de siempre en fin todo eso que uno no ha aprendido a sentir pero que sí parece lo único verdaderamente pulcro adecuado para evadir la brutalidad de los sucesos Yo estaba lejano triste tratando de animar falazmente la cansada sangre en las venas y ella ancha casi tapando la cama funcionando soberbiamente con lo que se podría llamar su belleza o sea “su verdad” una cosa hecha de calor poder y fuerza un desbordamiento como una yegua blanca con sus patas traseras bien abiertas que se vuelven plateadas y empiezan a brillar en un cabrilleo de luces inestable una rendija de luz en la persiana que sube por sus piernas e impone a su cuerpo una lividez de avena y todo todo perdiendo la certeza y la eternidad como si la luz estuviera de veras inventando una forma nueva Ya la noche se había acabado ella puso su mano en mi cara y dijo “soy una mujer cansada” tan grata su mirada que me sentí ablandado sin luchas quise adelantarme empujar la persiana admitir la franqueza del día la circuntristeza romper el espejismo el sortilegio engañoso “por qué hablas así gatita esas son las cosas que dicen las intelectuales neuróticas” “lo sé pero créeme que hablo completamente en serio y luego como la cosa más natural del mundo “sé que el error está en mí misma” llama “error” a su vida y me contó de su marido músico maffioso chupando la trompeta como si fuera marihuana hasta la madrugada “no no es un programa estar sola todas las noches no creas” y continuó hablando y vistiéndose un sostén modelo televisión y un ligero negro y diciendo que “qué barbaridad” y que “qué tontería” como respuesta a una pregunta conocida a una inquisición cifrada “sí creo que así es lo mejor” agrega “no hay complicaciones ni números de teléfonos ni cartas de amor ni nada” “Me gusta la vida libre el cambio” le digo “le tengo un horror sagrado a las posesiones y ahora ya sabes mi nombre y donde vivo para que se empiecen a amarrar los nudos para que todo se empiece a terminar” Y le invento una historia mediocre profundamente provinciana o de la literatura considerada como la coartada perfecta ella no lloró ni se rió miró melancólicamente frente a sí como si hubiera un vacío evidentemente no conocía ni a Yago ni a Otelo ni a “Chéspier” y ni siquiera a Maupassant y esta ignorancia la conducía hacia la niñez dulcemente “El mundo es así” concluyo como si ya me estuviese yendo lejos de un modo gentil y frío y terminó con un instantáneo “la gente”… es la vaga indecisa palabra en la que le he decretado de pronto su fin Afuera en la tiemblaluz las casas cerradas envueltas en un vapor esmerilado un postigo que se abre como un párpado y que luego se cierra Intento tocar de nuevo su ombligo oloroso sus teticas apretadas forradas bajo un dique de botones y flecos tratando de inventar el gesto la actitud la palabra que diluya en un aire amable casual la tristeza largalargalarga de pozo ciego el encantamiento muerto Pero hay que irse no podemos esperar demasiado se cubrió con los vidrios oscuros alta lejana ya yéndose con su olor ruda -y- sal bajo las axilas del suéter con su carne viva templada bajo la piel con el amor… “Llámame cuando quieras”, me dijo a modo de despedida Sobre los árboles con hojas de pelusa plateada comenzaba un cielo azul-bandera…

MARIO RIVERO (Colombia, 1935)

Tiempo de adagio

En este lento adagio de esperarte encaneciendo voy, hora tras hora. ¡Oh suave melodía arrolladora la de este largo sueño de aguardarte!

Fuera una cobardía el arrancarte, dulce espina de fuego abrasadora, que me incitas con llama cegadora a vivir para sólo recordarte.

En la distancia el tiempo ya no es nada y si renuevo cada día el canto, es porque vuelves tú cada alborada.

Y así, muriendo vivo en mi quebranto esta angustia de amor crucificada, crucificada de esperar ya tanto.

HERMELO ARABENA WILLIAMS ( Chile, 1905 - 2000 )

Tu boca viene a mí, solo tu boca…

Tu boca viene a mí, solo tu boca. Viene volando, libélula de sangre, llamarada que enciende ésta mi noche de ceniza. Toda la sal del mar habita en ella, todo el rumor del mar, toda la espuma. Boca para los besos dibujada, donde duerme tu lengua tentadora. Todo el vino del mundo está en tu boca, todo el pecado y la inocencia toda. Boca que calla y cuando dice, oculta. Capaz de toda la verdad tu boca, de toda la verdad y la mentira. Ríe tu boca y se despierta el día. (Relámpagos de nieve hay en tu risa). Como un tropel de potros me atropellan los besos de tu boca deliciosa; tu boca, mariposa equivocada, tu boca ajena que se desdibuja en mi noche de círculo y ceniza.

PIEDAD BONNETT ( Colombia, 1951 )

Tú mirabas el río…

Tú mirabas el río, la flor recién abierta, el pequeño morir de los boyeros… Yo miraba tus ojos. ¡Y ya eran mías todas estas cosas! Y me iba preguntando: ¿Cómo es posible que en esta cabecita de alfiler de tu pupila quepa todo el baldío que es el mundo? ¿Cómo es posible?… Y me iba preguntando… Pero volví los ojos hacia fuera, rompiendo las amarras de los tuyos, y al ver las vacas con enormes ubres que rumian lentamente su tristeza, y el olivar umbrío, y la alta torre cimbreada por vientos rondadores, comprendí que sin verlo prendido, desdoblado en tus pupilas, era mundo, era un terrible ático vacío, un polvoriento surco que nos va consumiendo. Y desde aquí me supe, abrazado a tus ojos para siempre, que el quererte era más que una moneda lanzada al “cara o cruz” del desearte.

JULIO MARISCAL ( España, 1922-1977)

Último color de la ternura

Como el mar, guardo tan bien en mí un poco de tu nombre, amor mío.

Recordar serán en adelante tus ojos, tu voz en el mundo, y el océano sin fin y bondadoso de tus manos, cuyas olas no levantan más sus aguas a la altura de mi rostro, áspero y callado Como peñasco de la tierra.

Recordar será en adelante caminar contigo por las calles y oír como llega uno de triste Con la tarde en los gestos.

Recordar será en adelante guardarte en un siempre, amplio y azul, Como los mares más dulces de las más viejas y sabias lejanías. Venir una mañana, y no encontrar a nadie. Irse una tarde, y no dejar ningún retorno. Y no tener un día, digamos un verano, como éste de agosto que te sufro, para regresar, cuando los viajes sean ya para uno nada más que leyenda.

Recordar será en adelante acostumbrarse de nuevo al oficio de estar solo, y a seguir envejeciendo un día más todos los días, sin descanso.

Será mirarte arder a lo lejos, negra mía, como si fueras la estrella que nos quema con sus picos, amargamente en dulce este golpeado corazón compañero.

Recordar será siempre el último color de ternura, amor mío, que me deje tu ausencia.

OTTO RENÉ CASTILLO ( Guatemala, 1936 - 1967 )

Villanela

Es todo lo que sé. (Que es casi nada.) Ella tenía una estrella entre los senos. O así lo veía él, porque la amaba.

No se exigieron boletos en la entrada pues cada uno andaba en su terreno. Es todo lo que sé. (Que es casi nada.)

En una cama angosta ambos quemaban su historia y el temor; o cuando menos así lo creía él, porque la amaba.

Los dos sabían muy bien la pendejada que es insistir en un amor del bueno; es todo lo que sé. (Que es casi nada.)

Marzo moría otra vez; y ya se daban café con leche mezclado con veneno. O así lo sentía él, porque la amaba.

Supongamos que un día ella se enfada y se borra la estrella de los senos. ¿Qué más saben los dos? ¿No queda nada? Así se dolía él, porque la amaba.

LUIS MIGUEL AGUILAR ( México, 1956 )

Y vuelvo a verme ciñéndome de nuevo a su cuerpo

Y vuelvo a verme ciñéndome de nuevo a su cuerpo vuelvo a verme respirando su piel su pelo que apenas toco otra vez las lluvias otra vez la noche como un árbol centelleante ha cubierto la casa el ojo torrencial del cielo me juzga me condena oigo los rápidos chorreones caer en el patio siento la sumisión de las piedras el ángel que se debate en las sombras afila su perfil de fuego y lo vivo todo como si ya fuera memoria del exilio pero pasarán los años el adolescente se baña en el río que ya no lo refleja expone la desnudez bajo la luz brava del mediodía que hiere sus ojos con la mano con que endiosa el sexo escribe sobre la arena el latido de ese espacio salvaje pasarán los años pero sólo allí estará reposando la cabeza cerca de ese cuerpo respirando la última tersura de su piel la trama cenicienta de su pelo en la claridad que ha sido escindiendo el tiempo

GUILLERMO SUCRE (Venezuela, 1932)