Lo que hallaste en la mesa, justamente, no fue sino el sabor de mi ternura; un fruto sabio, un pan sin amargura, y el agua de la vida allí presente.
Junté las manos y elevé la frente para darte el amor, en la clausura del corazón recóndito; en la albura de la mesa ofrecida humanamente.
Toma de este manjar y que este vino sea, en el dulce vaso diamantino, la primera señal de nuestra alianza.
Yo soy la vida y tú el amor. Y el fruto del encarnado amor, en el minuto cuajó la eternidad de su esperanza. GERMÁN PARDO GARCÍA ( Colombia, 1902 - 1991 )