A una dama extranjera, cuya fragancia aún flota en mis recuerdos como el aroma del té que se evapora de mi taza.
¡Oh Maestro, tengo una amiga exquisita! Su boca es dulce como los cerezos de Nao Kao; son sus pestañas suaves como el plumón, de seda; tiene su cuello el ritmo y la gracia del cisne; y al andar, fina y grácil, con ondulante talle, no sé si un ritual danza, si es una rama en flor que mece el aire, o si es una mariposa que vuela.
Cuando la ven mis ojos es como si alcanzara la irrealidad de un sueño. Y cuando ríe, y su voz armoniosa, como divino pájaro vuela de su garganta, quisiera que esa diosa de frágil porcelana, no fuera una extranjera nacida bajo el cielo de Occidente aunque de ilustre alcurnia se cuentan de ella historias…
¡Ah, Maestro, qué cultura la de esos mundos de Occidente! En la terraza de las Mil Caricias ayer, con labios húmedos, el fénix del amor nos sorprendió en su vuelo. por único ropaje su divina figura envuelta sólo estaba con la túnica de oro con que la prestigiaba el pincel del crepúsculo.
Toda la tarde el Kiosco de los Besos resonó la armonía. Los pájaros callaron para escuchar la música.
Y yo esperé la noche, ¡que descendió sin luna! para abrir el más íntimo Cofre de los Secretos. Pues no hubiera querido, bajo luz indiscreta, que el astro nacarado hubiese sorprendido cuán pequeñita era ante tanta cultura mi desnuda ignorancia.
¡Ah, Maestro, tengo una amiga exquisita!
REGINO PEDROSO ( Cuba, 1896 - 1983 )