Como una hormiga de plata mi voz va recorriendo, lentamente, hoy que ya no te veo, el nardo luminoso de tu cuerpo… Mi voz, que soy yo mismo en la presencia de todas las distancias de tu carne sonora, que como flor y como seda gime cuando mi boca se preludia en besos en la brasa anhelante de tus labios, clavel sangrando en ríos de esperanza que disuelven la menta del deseo. En el seno de sombras de esta noche de otoño repaso la geometría de tu cuerpo, hecha de selva y de marfil, de brisa que se detiene y toma una forma intangible para cantar en brazos y cabello la sinfonía germinal de un sueño fundido en el crisol de alguna estrella, ¡tan alta y tan lejana, que sólo en ti se realizó el milagro y que no vuelve a realizarse nunca! ¡Así, toda desnuda, como tu ausencia y tu presencia juntas en tus senos votivos, vigilantes de mi angustia que busca en cada ofrenda el relámpago vivo de tu carne que estalla en mí para beber mi aliento! Entonces, sólo entonces, tus pestañas me impiden ver tus ojos, pero sin darme cuenta de que en ellos he naufragado íntegro y que no queda del naufragio sino el despojo de mis alas muertas sobre la arena fría de una playa sin olas y desierta. Tú no te entregas nunca: tu fatiga es tuya solamente; la disfrutas muy adentro de ti, como la vida, no sales del botón de la promesa; cuando te das, te quedas en ti misma, como la nube que, si se hila en agua para caer sobre la tierra entera, es para levantarse de nuevo y nuevamente ser agua y nube en el vellón viajero. Hay islas en tu cuerpo: las recuerdo una por una y todas forman el archipiélago de mis besos que viven de estar en ti presentes o de quemarse en mí para ser tuyos y modelarte a su contacto en el molde sediento de la palabra mía. Pensar que tú eres mía, creer que tú eres mía, saber que tú eres mía y sentir que lo eres, como es mía la voz que te acaricia, como es mía esta sombra que me grita que es alma para verte. ¡Ah, cómo pudiera ser mar para quedarme en la sirena de tu cuerpo! Ser ola y sal para beber tu cuerpo! ¡Y cómo estoy en ti sin que me veas, hecho beso y caricia trashumantes en la selva de voces de tu carne, y en tu alma la nota de silencio! ¡Oh, lágrimas lloradas en infinitas noches de angustia de tu cuerpo, como ésta de otoño en que yo siento que te quedas tallada en mi cerebro en actitud de mármol, sin sangre, sin palabras, presente en el dolor de la distancia, quieta en la piedra de mi propio llanto! Pero al tender los brazos tan cansados se me escapa como el aliento en que se va la vida y como luz que adentro se me apaga.
RICARDO LÓPEZ MÉNDEZ ( México, 1903 - 1989 )