Hace un siglo amé a un hombre y podía sentir su olor lamiendo mis entrañas, el universo revelado ante mí en el borde de su camisa -botón por botón caían los misterios del profundo oráculo- mi destino trazado en su torso.
Hoy descanso en su cuerpo con la cotidianeidad de los sueños perdidos.
Hace un siglo amé a un hombre pero he perdido el rastro de su piel el sello de su boca, aquella cicatriz tan cercana a mi ombligo. Un dolor incoloro se afirma entre mis lágrimas, ya no es más ese monstruo que me tragaba adentro.
Es cierto que amé a un hombre pero hoy sus huellas ya no existen ni siquiera en el persistente agujero de mi almohada.
ADRIANA ORTEGA ORTIZ ( México, 1966 )