Te fabriqué un nombre, Merí, para llamarte y saber que nadie en el mundo te llamaba Merí como yo. Merí, en la noche madura y en el filo de las madrugadas, en la rapidez del grito y en la punta. Más allá de mí y de mi muerte. En la soledad y en mi desesperación: rezo tu nombre que es mío, como todas tus lágrimas. Rezo tu nombre y una noche azulada, como antes, avanza hacia el recuerdo y te vivo junto a mí, también como antes.
Recordar es ir amontonando vida para que la muerte duela menos. Ya están aquí otra vez, tus ojos y dentro de ellos toda la tristeza del mundo, que con ser tan enorme, es siempre menos, mucho menos, que tu tristeza.
Tus ojos y tu voz. Me hablas y en algún país lejano, del otro lado de la noche, debe estar lloviendo mansamente. Digo tu nombre, Merí, y vienes hacia mí como la muerte. Ya estas en mi y conmigo, como antes. Pueden pasar los siglos y los cielos del mundo pretender alejarte, que yo diré tu nombre, Merí, y podré más que los cielos y los siglos.
Para tenerte junto a mí, de nuevo, me basta rezar tu nombre, que es mío como todas tus lágrimas. Tal vez ya no me quieras. Hemos hecho tantas leguas irremediables hacia el olvido, que acaso, ahora no me quieras, pero que importa si ya me has querido para siempre, bajo el cielo infinito. ¡Que importa no tenerte, si llevo junto a mí tu nombre, Merí, la incansable tristeza de tus ojos y el rumor de lluvia que tenían todas tus palabras!
Tal vez ya no me quieras. ¡Sabe Dios por qué cielos y en que noche viajas, viajera del recuerdo, pero has dejado junto a mí tus sueños y tus lágrimas! No te has ido del todo, ni te irás mientras haya en el mundo una noche, una sola, y siga lloviendo en algún país lejano.
Más que no tenerte y lo perdido, me duelen los sueños que quedaron sin vivir. El hogar y el hijo. Como quien dice el puerto y el ancla… Infinitamente más, me duele de los dos el hijo que ya no tendremos, el beso del que hubiéramos hecho su vida y su nombre, que fue el único beso que no llegamos a darnos. Pienso en el hijo y tiemblo. Tiemblo más por ti que por mí, imaginando la espantosa desolación de tus manos y la muerta canción de cuna que no pudiste cantarle…
Viajera querida: ¿por donde andarás ahora? Tus palabras: ¿en que país del mundo estará lloviendo ahora? Tus ojos: ¿quién es ahora el hombre que tiene la gloria de estar junto a tu tristeza?
Amabas la noche, las calles soledosas, los árboles viejos… Te entristecían las mujeres que mueren jóvenes y en primavera, y los hijos ajenos te dolían en mitad del pecho, como cuchillos. Recuerdo que entonces te acariciaba los ojos y mis manos volvían húmedas del llanto de tu viaje.
Merí… digo tu nombre, mío, y mi soledad se puebla íntegra de tu recuerdo. Acaso no me quieras ya, hemos hecho hacia el olvido leguas irremediables. Sin embargo, tal vez sí… me quieras todavía. Más allá del olvido sigue el amor perenne!
Pienso en tus ojos. Por eso mis palabras son tan tristes. Viajera de Dios: ¿Qué caminos hay que andar para encontrar tu camino? ¿Dónde queda tu cielo que está tan lejos de este cielo mío? Te pienso lejana y te lloro junto con la noche.
Todo cuanto esperé llegó contigo. Dios te había puesto a mi lado para todo lo grande: El amor, el trabajo, la muerte, la desesperación. Te he perdído y ahora sé, que se puede asesinar la dicha y estar vivo. Pero no te he perdido del todo. Sé que en la cruz de una esquina, no importa el tiempo, volveremos a encontrarnos. Tus ojos y tus palabras vendrán a mi encuentro, viajera querida.
Aún puede llover sobre mis noches y la infinita tristeza del mundo puede estar junto a mí, de nuevo, como antes. Soy un hombre que amó mucho y espera. Esperar es ir hacia la muerte de a poco. Aún allí te espero. Cuando se amó, como yo, no hay camino que duela. Escucho tu voz. En algún país lejano, del otro lado de la noche, debe estar lloviendo mansamente.
Viajera querida: porque cuanto esperé llegó contigo, te rezo estas palabras, viejas como el mar: No morirás en mí ni conmigo. Tengo una noche, tuya, una tristeza grande, tus ojos y un recuerdo con sabor a lluvia, tus palabras. Aparte de ello, un nombre, Merí, que es mío como todas tus lágrimas. Tengo pues, todo lo necesario, para iniciar mi viaje hacia la muerte.
ROBERTO VALENTI (Argentina)