Tú mirabas el río, la flor recién abierta, el pequeño morir de los boyeros… Yo miraba tus ojos. ¡Y ya eran mías todas estas cosas! Y me iba preguntando: ¿Cómo es posible que en esta cabecita de alfiler de tu pupila quepa todo el baldío que es el mundo? ¿Cómo es posible?… Y me iba preguntando… Pero volví los ojos hacia fuera, rompiendo las amarras de los tuyos, y al ver las vacas con enormes ubres que rumian lentamente su tristeza, y el olivar umbrío, y la alta torre cimbreada por vientos rondadores, comprendí que sin verlo prendido, desdoblado en tus pupilas, era mundo, era un terrible ático vacío, un polvoriento surco que nos va consumiendo. Y desde aquí me supe, abrazado a tus ojos para siempre, que el quererte era más que una moneda lanzada al “cara o cruz” del desearte. JULIO MARISCAL ( España, 1922-1977)
Último color de la ternura
Como el mar, guardo tan bien en mí un poco de tu nombre, amor mío.
Recordar serán en adelante tus ojos, tu voz en el mundo, y el océano sin fin y bondadoso de tus manos, cuyas olas no levantan más sus aguas a la altura de mi rostro, áspero y callado Como peñasco de la tierra.
Recordar será en adelante caminar contigo por las calles y oír como llega uno de triste Con la tarde en los gestos.
Recordar será en adelante guardarte en un siempre, amplio y azul, Como los mares más dulces de las más viejas y sabias lejanías. Venir una mañana, y no encontrar a nadie. Irse una tarde, y no dejar ningún retorno. Y no tener un día, digamos un verano, como éste de agosto que te sufro, para regresar, cuando los viajes sean ya para uno nada más que leyenda.
Recordar será en adelante acostumbrarse de nuevo al oficio de estar solo, y a seguir envejeciendo un día más todos los días, sin descanso.
Será mirarte arder a lo lejos, negra mía, como si fueras la estrella que nos quema con sus picos, amargamente en dulce este golpeado corazón compañero.
Recordar será siempre el último color de ternura, amor mío, que me deje tu ausencia.
OTTO RENÉ CASTILLO ( Guatemala, 1936 - 1967 )
Villanela
Es todo lo que sé. (Que es casi nada.) Ella tenía una estrella entre los senos. O así lo veía él, porque la amaba.
No se exigieron boletos en la entrada pues cada uno andaba en su terreno. Es todo lo que sé. (Que es casi nada.)
En una cama angosta ambos quemaban su historia y el temor; o cuando menos así lo creía él, porque la amaba.
Los dos sabían muy bien la pendejada que es insistir en un amor del bueno; es todo lo que sé. (Que es casi nada.)
Marzo moría otra vez; y ya se daban café con leche mezclado con veneno. O así lo sentía él, porque la amaba.
Supongamos que un día ella se enfada y se borra la estrella de los senos. ¿Qué más saben los dos? ¿No queda nada? Así se dolía él, porque la amaba.
LUIS MIGUEL AGUILAR ( México, 1956 )
Y vuelvo a verme ciñéndome de nuevo a su cuerpo
Y vuelvo a verme ciñéndome de nuevo a su cuerpo vuelvo a verme respirando su piel su pelo que apenas toco otra vez las lluvias otra vez la noche como un árbol centelleante ha cubierto la casa el ojo torrencial del cielo me juzga me condena oigo los rápidos chorreones caer en el patio siento la sumisión de las piedras el ángel que se debate en las sombras afila su perfil de fuego y lo vivo todo como si ya fuera memoria del exilio pero pasarán los años el adolescente se baña en el río que ya no lo refleja expone la desnudez bajo la luz brava del mediodía que hiere sus ojos con la mano con que endiosa el sexo escribe sobre la arena el latido de ese espacio salvaje pasarán los años pero sólo allí estará reposando la cabeza cerca de ese cuerpo respirando la última tersura de su piel la trama cenicienta de su pelo en la claridad que ha sido escindiendo el tiempo
GUILLERMO SUCRE (Venezuela, 1932)