Hace tiempo, la hija de Tántalo se convirtió en piedra, junto a las riberas frigias. Y asimismo, la hija de Pandion atravesó el espacio, transformada en golondrina. ¡Si pudiera yo convertirme en espejo, para que siempre tuvieras en mí fija tu mirada! ¡Que no sea yo túnica y siempre me llevarías encima! Quisiera volverme agua límpida para bañar tu hermoso cuerpo. O esencia, dueña mía, para perfumarte; cintilla de tu garganta y perla para tu cuello; o sandalia para que así, al menos, siempre estuviera tu pie sobre mí. Anacreonte de Teos (Grecia, 540 antes de J. C.) Versión de: Marcelino Menéndez y Pelayo
Obrero del verbo
Trabajó durante toda su vida, sin reposo, ardiente y exaltado, casi seguro de la inmortalidad, -la suya, por supuesto, en primer término. Hasta que una noche el viento sopla de repente. La puerta se cierra con estrépito. Él ve las estatuas caer y golpearse las narices contra el suelo, y comprende. Las palabras que él había escrito con tanto celo por años y por años, se habían endurecido. Las sentía bajo sus dedos como la pelambre seca y neutra de una bestia muerta. Sin embargo, continuó su trabajo como de costumbre, hasta confundir la muerte y la inmortalidad, la embriaguez y el olvido. Pero llegó a poner en claro lo que es exactamente el trabajo entre la futilidad y el orgullo. El sonoro vaivén del péndulo tenía la resonancia de un tambor en la noche, como si ritmara una marcha de soldados somnolientos entre dos batallas.
Yannis Ritsos (Grecia, 1909 - 1990)