Vivamos, Lesbia mía, y amémonos. Que los rumores de los viejos severos nos tengan sin cuidado. El sol puede salir y ponerse, pero cuando acabe nuestra breve luz dormiremos una noche sin fin. Dame mil besos, después cien, luego otros mil, luego otros cien, después hasta dos mil, después otra vez cien; luego, cuando lleguemos a muchos miles, hay que perder la cuenta para que no pueda el envidioso hechizarnos si se conoce el total de nuestros besos. Catulo ( Roma, 87 a.C.-54 a.C.)