Carta VI
Encerrados aquí en nuestras casas, como en una prisión, estuvimos contra nuestra voluntad, con- denados a guardar este largo silencio.
Este otoño sentí el frío en mis huesos cuando en la fuente de Apolo las ranas empezaron a croar. Perséfona sin rostro. Por encima del Jebel el trueno rugía.
La fortuna en todas partes administrando sus dádivas, dispensando suerte a los bárbaros y los ateos. Y nosotros en la costa reparando los acueductos pero nos falló el agua.
Luego llegó el invierno y las calzadas se inundaron, manteniéndonos encadenados a nuestras inútiles bahías, acorralados por las tempestades, dejando a nuestro ganado vagar sin que nadie lo cuidara.
En alguna parte, al este, los administradores nos archivaron bajo una pila de descuidados documentos. Fuimos olvidados, menos por el hambriento recolector de impuestos.
El gobernador me envió una invitación de cantos dorados para celebrar el décimo-cuarto aniversario de la independencia. Allí veré al presumido cónsul-general expresándose en un latin de perros.
Mi cultivadísimo amigo, por favor trate de remitirme cualquier nuevo libro publicado por los sofistas: he leído las reseñas en revistas viejas de seis meses y me siento un provinciano.
“Comerciamos en mortajas: las gentes han cesado de morirse”. La fortuna ha frustrado nuestros deseos de muerte. Las cifras de la mortalidad infantil se han perdido por obra de la oficina del censo.
Recuérdeme ahora a mis viejos amigos y colegas. Discutiendo la Trinidad y la áurea dicción: Piense en que estoy aquí, esperando los fuegos de los asturianos.
Observe el sitio donde se acuclillan detrás de los acantilados, ignorando medida, facción y cisma, destinados por la ingrata fortuna para ser los auténticos herederos del Reino.
_Anthony Thwaite Inglaterra, 1930