Ardió su alma, una noche, el deseo vehemente de perpetuar tu imagen, placer que solamente por un instante duras, y fuese por el mundo a conseguir el bronce para sus esculturas.
Y era el bronce la única obsesión de su mente. Más en el mundo había desaparecido el bronce: en la extensión del mundo se erguía únicamente el bronce de una estatua: la del dolor que dura eternamente. Esa estatua, obra suya, púsola con sus manos, en días ya lejanos, en la tumba del único ser que adoró en la vida… En la tumba desierta de la muerta criatura que amara con pasión enloquecida levantó la figura dolorida como alma de su alma, como eterna señal del amor de los hombres que perdura y como vivo símbolo del dolor de los hombres que para siempre dura.
Y en la extensión del mundo no había ya más bronce que el de aquella escultura.
Arrancóla el artista del sarcófago, y luego, sobre la enorme boca de un horno incandescente, viola fundirse al ósculo devorador del fuego.
Y con el bronce mundo del dolor que perdura eternamente modeló de otra estatua la figura: la estatua del placer que solo dura un instante.
Oscar Wilde Irlanda, 1854 - 1900