Este poema es tuyo, mi Amada Inaccesible; tu mirada, tu voz y tu sonrisa guarde; cante aquí tu hermosura su victoria impasible.
El es casi tu obra, y tú lo sabes tarde, -estos versos nacieron tan lejos de tu oído- mas, es la flor -¡recógela!- de mi tardío alarde.
Cuando ya no me escuches, anciana y en olvido, el te devolverá la abolida belleza y el capitoso efluvio de tu rosal vencido.
No morirás: mi mente ya forjó tu firmeza; y porque solo el verbo triunfa sobre las horas, sobre mi pensamiento tu eternidad empieza.
Desfilarán los siglos -rachas devastadoras- y colmarán de sombra los ámbitos del día, y aún dará el ensueño sus diáfanas auroras.
Fuera del tiempo el verbo es sagrada armonía que eterniza la carne si en alma la convierte -dón que hice a tus ojos, ¡Inalcanzable Mía!
Yo encendí los fulgores de tu blancura inerte, la noche en tus cabellos y el rumor de tu paso: ya rescatada fuiste del poder de la muerte.
Edmond Haraucourt ( Francia, 1856 - 1941 ) Versión de: Carlos López Narváez