Entre agujas de pino, en el claro nevado, hay un ídolo evenko a la taiga mirando.
Altivo, entre sus párpados rugosos, un tiempo allí veía a tímidos evenkos ofrecerle presentes que traían.
Pieles de reno y miel, prendas de cuero, y buenas botas altas. Creían que él rogaba por todos y de todos se cuidaba.
Pensando oscuramente que él los comprendía, untaban en su boca sangre de reno aún tibia.
Más, ¿qué podía él, una deidad pequeña, con alma carcomida y cruel de madera?
Abandonado y muerto, entre las ramas hoy mira sin cesar. En él no cree ya nadie. Nadie le va a rezar.
Pero yo siento a veces que en la noche, en su claro desnudo se le encienden los ojos cubiertos por el musgo.
Y que aguza el oído a los rumores, mientras la nieve cae, lamiéndose los labios, ansioso de más sangre.
De “Ternura” Eugenio Evtuchenko Siberia, 1933