Allá lejos, muy lejos, donde cabalgan las Bermudas. el invisible seno del mar, esta canción de algún pequeño barco los vientos escucharon: Hermanos ¡aleluya! Prodigaremos alabanzas al que por espesuras líquidas nuestro paso guiara. Han visto nuestros ojos islas ignoradas, en fragante riqueza superiores a la tierra natal. Los vigorosos monstruos¡, cuyos lomos sublevan las simas del océano, desarmados aquí naufragan sin remedio, y nosotros a prados apacibles arribamos, resguardados de sañas y tormentas.
¡Perenne primavera, esmalte de los días! La lluvia de los pájaros no cesa desde el aire. De los naranjos cuelgan brillos como doradas lámparas en una verde noche; las granadas recluyen tesoros más espléndidos que las joyas de Ormuz. Vecinos higos negros desprende nuestra boca de los árboles; con melones redondos juegan nuestras pisadas, y es la piña tan grave que una sola en cada planta luce suficiente.
¡Laudanzas a quien puebla de cedros olorosos la arboleda y proclama en las playas el ámbar gris hurtado a las rompientes olas! ¡Él, Él mismo, en esas rocas un templo diseñó donde alabar su nombre!
¡Hónrenlo nuestras voces! ¡Levantad los acentos a la infinita bóveda celeste, y resonando puedan viajar después ecos detrás del orgulloso golfo de México! Así cantaban los marinos de aquel barco: vivaz, devota música; y del canto guardaban el compás con el caer del remo. Andrew Marvell (Inglaterra, 1621 - 1678)
Versión de Jaime García Torrés