Dejadme conoceros, formas apenas presentidas por mi espíritu. Nada sé de vosotras que me habéis escoltado en el mundo.
Desconozco la densidad de la raíz y la eternidad del ruiseñor.
Ignoro todavía por qué la nube adquiere estatura de hombre, o de león que amenaza un valle. En vosotras hay lenguas que no escucho. Autónomos colores que no miro. Sabor alucinante que no gozo y olor indivisible en las esencias. Si muriera sin conoceros, volvería incorporado cual la voz al trueno; como ansiedad a las centrales sombras y como llanto a la invasión del agua. Dejadme conoceros hasta saciar la luz que os viste con la tez de su roce imaginario; hasta hallar los espíritus benignos que habitan en la pulpa del madero; la lluvia que no baja en los diluvios; los gérmenes arcanos de la almendra y el silencio en los labios de los ruidos. Hasta mirar la vida de la rosa, desintegrada, altísima y desnuda, y el iris de las conchas y los peces brillando independiente de los cuerpos. Entonces yo podré, como vosotras, saber que entre mi sangre hay otra sangre; figuras de mi ser ya separadas; cristales que me nublan y poderes de la noche integral que me descubren; otros sueños yacentes en mis sueños; orígenes detrás de mis orígenes, y unas águilas blancas detenidas, como orquídeas abiertas en mi espacio.
GERMÁN PARDO GARCÍA (Colombia-1902- 1992)