» Anónimo (segunda mitad del s. XVI)
El mal de amor, pastora, voluntad lo ha de causar; de lo que el querer se duele, ni el querer lo dejará.
Tan pronto te descubrí, del Amor supe la maña; turbóme el corazón, en viéndote en la montaña. Y, queriendo, no hubo tiempo de poderme retirar: de lo que el querer se duele ni el querer lo dejará.
Bien sabe Dios que yo quise poder aquello rehuir, mas la voluntad primera no lo quiso consentir. Amar la hiciera traidora pero no hará desamar: de lo que el querer se duele, ni el querer lo dejará.
Cuanto tengo ya te he dado, pues voluntad ha vencido; ya no está en mi libertad no querer lo que he querido. Si más pudiese, pastora, cómo te lo iba a negar: de lo que el querer se duele ni el querer lo dejará.
Aunque ingrata tú me fueras, no podría desamarte, que no quiere mi querer sino poder contentarte. Descontento yo estuviera si no viniera a pensar: de lo que el querer se duele, ni el querer la dejará.
(fragmentos) Anónimo (principios del s. XIX)
Rodeado por la sombra formidable, que difunde la muerte asoladora, desterrado en una tierra inhabitable que a sus tristes moradores cruel devora, ¿cómo cantaré la luz inagotable del sol eterno que brilla sin aurora, que no vio del ocaso la tumba oscura ya torrentes derrama la dicha pura?
Sentado con los hermanos del cautiverio en la enlutada y fúnebre ribera de los negros ríos del Babilonio imperio, sufriendo de los enemigos la saña fiera, y los dardos de la burla y el vituperio, en una tierra extraña y forastera, ¿cómo cantaré tan trágicas escenas entre grilletes, esposas y cadenas?
¡Oh vos, que resplandecéis en las alturas de la Santa Sion, Dios de grandeza, abismo inagotable de dulzuras, dad vigor y aliento a mi flaqueza! Sumergido en un mar de amarguras, hablar de vuestra gloria es ardua empresa, mas yo entraré en la senda peregrina, si vuestra preciosa luz a ella me encamina.
Renovaba una tarde la memoria de los esforzados héroes que portaron en sí mismos la inmortal victoria y con ilustres hazañas decoraron los fastos indelebles de la historia, y de eternos laureles se coronaron, cuando me rinde un sueño apacible y subo a la morada inaccesible.
Por las etéreas regiones navegaba sin rumbo, sin carta y sin guía; una aura dulce y fresca respiraba, ya mi corazón dilataba la alegría; una calma benéfica reinaba, y la pálida luna resplandecía; y centelleando las vívidas estrellas inmensos mares forman de luces bellas. ( …)
(…) Entre dulces suspiros la luz admiro, más hermosa a mis ojos que el alba bella, encantadora luz por la cual suspiro más que el errante piloto del mar la estrella: ¡por ti, luz eterna, por ti respiro! ¡Tú iluminas, divina maravilla, mis extraviados pasos en noche oscura, y en tus rayos encuentro la senda segura!
Así en mi entusiasmo dirigía todo mi corazón a tu luz encantadora, sumergido en patética alegría, cuando un mármol nevado es nueva aurora que al titubeante paso sirve de guía, pues, en una inscripción consoladora, se presenta la senda suspirada con inmortales caracteres grabada.
«Oh vosotros, que errantes en tierra extraña suspiráis por la gloria verdadera, no habéis de buscarla en la patraña de un mundo que da incienso a una quimera: escalad esforzados esta montaña, no aterre a vuestros corazones su presencia fiera ; no dejaros engañar por falsa estrella: esta es la senda, caminad por ella. » (…)