Desamparo de los crepúsculos

Desamparo de los crepúsculos

Huyo de aquel dolor que me hizo un día bajo el misterio incógnito del cielo sangrar el alma silenciosamente… ¿A qué desde las áridas riberas tender la vista al horizonte? -El claro beso de luz en la extensión naufraga- y antes de que la sombra me circuya, apagaré mi espíritu intranquilo en el fulgor violeta de la tarde…

Ya sobre el mar en gira tumultuosa no veré más la convulsión enorme que templó mi vigor, ni en la propicia madurez halagüeña de los trigos espaciaré los moribundos ojos; ya no he de uncir las manos temblorosas al tronco de los robles, cual solía para trepar hasta el follaje ameno, ni más sobre el fervor de la pradera repicará la esquila de mis cantos; no veré más el rayo de la luna que se quebraba en los azules montes… ¡no veré más los ojos de los niños!

Tú, perfume y rumor del campo umbrío, hacecillo de rosas ideales, ánfora de virtud enaltecida -tú- la maga de veinte primaveras, lánguida novia de pupilas hondas que cruzas bajo el árbol del ensueño, ¡perdóname! -la lumbre que redime sobre los montes del confín no viene, la fe desmaya, la ilusión desmaya, la fuerza languidece y se desmaya… y antes de que las sombras me circunden, ¡apagaré mi espíritu intranquilo en el fulgor violeta de la tarde!

El hijo de mi amor, mi único hijo…

El hijo de mi amor, mi único hijo, lo engendré sin mujer y es hijo mío; me escribe a la distancia: estoy tan triste; me faltas tú. Te miro en el esfuerzo por mí, por ti, por el retorno del polluelo a su sombra familiar, no tengo un pan ni un techo que me cubra; hoy habito en los muros de la mar…