El espejo

El espejo

¿Mi nombre? Tengo muchos: canción, locura, anhelo. ¿Mi acción? Vi un ave hender la tarde, hender el cielo… Busqué su huella y sonreí llorando, y el tiempo fue mis ímpetus dominando.

¿La síntesis? No se supo: un día fecundaré la era donde me sembrarán. Don Nadie. Un hombre. Un loco. Nada.

Una sombra inquietante y pasajera. Un odio. Un grito. Nada. Nada.

¡Oh desprecio, oh rencor, oh furia, oh rabia! La vida está de soles diademada…

El poema de las dádivas

Era dulce, pequeña, intranquila, con los bucles de un bronce de gloria, con la voz infantil e insinuante y las manos leves, cándidas e inquietas.

Fingían sus ojos rendidos al mirar, dos profundas violetas; su menuda presencia exhalaba un bíblico aroma de mirra y de ungüento, y toda su carne temblaba como tiembla un rosal bajo el viento.

A su amor arribé muy temprano, al cantar de la alondra primera, y me vieron rondar sus jardines las noches de luna de la primavera.

Mas pasó cual la sombra de un ave sobre un lírico estanque dormido, y quedaron vibrando, vibrando, sus palabras de miel en mi oído.

Y ésta fue toda entera su dádiva: la visión de unos ojos azules donde un lampo indeciso se esconde, ¡y una voz de frescuras edénicas que a través de mis males responde!

La otra tenía un encanto terrible y el amor de las Reinas de Oriente, y no sé qué avidez tan profunda ni qué dejos de gracia indolente.

Gota a gota me daba sus néctares; sorbo a sorbo bebía mi sangre como en un sacrificio cruento, y su brava pasión era un vórtice y una llama y un aire violento…

Y ésta fue, toda justa, su dádiva: el temprano saber de la ciencia que destruye enemigos cuidados, y el recuerdo de aquella frecuencia en los brazos duros, firmes e insaciados.

La tercera, de manos filiales, olorosa a reliquias antiguas, destilaba venenos letales en dulces palabras exiguas.

Evocaba las noches profundas, subyugantes, de mórbido imperio, en la tórrida selva cargada de aromas sutiles, de vago misterio.

Parecía en los ojos absortos de un incógnito anhelo cautiva, y en su adusta esquivez era fácil y en su vasta indolencia era altiva.

Y ésta fue, simplemente, su dádiva: la experiencia de amores extraños, de un trémulo busto, de un alma inasible… la pena inconforme del goce perdido… y, después de todo, ¡la inquieta avaricia de un nuevo sentido!

La otra, que ardía en mil llamas ocultas, era fértil, reidora, violenta, ya trueque de un beso, de un mimo, de un canto, con secreto orgullo gustaba su afrenta.

Era mía, era mía, era mía en el huerto, en la luz, en la sombra… (¡Embriaguez matinal, quién te llama por mi voz! ¡Juventud, quién te nombra!)

Y ésta fue, fatalmente, su dádiva: el temblor femenil de la carne que en mi propio temblor se extenúa; la gota de acíbar que un genio maléfico en el vaso colmado insinúa; y en las horas de examen doliente, la obsesión de la rabia postrera que al mando del tedio inclemente arrojó un corazón en la hoguera.

Y después, y después… cuántas manos al haz de mis nervios asidas… cuántas trémulas sierpes de fuego… cuántas torres de orgullo, rendidas…

La una, que fue largamente suspensa de mi voz, de mi gesto más leve; la otra, que mira, que calla y que piensa un trágico impulso, mas nunca se atreve.

Las unas, volubles, pérfidas y locas; las otras, ardidas en llamas constantes; discretas acaso, de un dulce misterio, o acaso extenuadas y siempre anhelantes.

…Una, simple, dejóme el gustoso sabor de las horas inútiles en vano y amable sosiego; otra, rica en olor de sus campos, aromó mis noches de albahaca y espliego.

La dama fortuita, de tenues perfiles, melancólica, unciosa y extraña, se asoma en la honda cisterna del tiempo envuelta en un halo de luz de la tarde;

la postrera, de impulsos diabólicos, me dejó coronado de espinas: mi corazón entregué a sus antojos y le estrujaron sus manos dañinas.

¡Mujeres de un tiempo florido y lejano! ¡Mujeres de un tiempo duro, tempestuoso! Las que ofrendan cándidas, el beso temprano, las que dan, malignas, vino peligroso… las que piden bellos madrigales y dardos ocultos en las breves glosas que van a adularlas… ¡Mujeres que ponen su soplo en las rosas para deshojarlas!

¡Por ellas, cargado de mieles y acíbares, el corazón, rebosante. se entrega; por ellas diluye su propia virtud en un cántico, como la esencia que el bosque nocturno diluye en las alas de un aire romántico!

El rastro en la arena

¿Querellas en el viento? ¿Clamor contra la nube que sube y sube y la deshace un viento? ¿Congojas cuando el lirio del día se extenuó? ¡Si aún vivo yo! Si aún gozo mi lírico momento, la luz, el aura, el amoroso aliento…

Dos fértiles mancebos de Jonia divagaron ¡remoto día! ¡fulgente día! por las sensuales playas de Lesbos fervorosa, sobre el cristal undívago que al sol reverberaba, bajo el turquí lumíneo que el ámbito envolvía…

¡ríanse las olas y un gran rumor las llena…

Si fue con los mancebos el goce y la ufanía, ¿qué importa que no duren sus rastros en la arena?

Elegía del marino ilusorio

Pensando estoy… Mi pensamiento tiene ya el ritmo, ya el color, ya el ardimiento de un mar que alumbran fuegos ponentinos. A la borda del buque van danzando, ebrios del mar, los jóvenes marinos.

Pensando estoy… Yo, cómo ceñiría la cabeza encrespada y voluptuosa de un joven, en la playa deleitosa, cual besa el mar con sus lenguas el día. Y cómo de él cautivo, temblando, suspirando, contra la Muerte su juventud indómita, tierno, protegería. Contra la Muerte, su silueta ilusoria vaga en mi poesía.

Morir… ¿Conque esta carne cerúlea, macerada en los jugos del mar, suave y ardiente, será por el dolor acongojada? Y el ser bello en la tierra encantada, y el soñar en la noche iluminada, y la ilusión, de soles diademada, y el vigor… y el amor… ¿fue nada, nada?

¡Dame tu miel, oh niño de boca perfumada!

Elegía platónica

Amo a un joven de insólita pureza, todo de lumbre cándida investido: la vida en él un nuevo dios empieza, y ella en él cobra número y sentido.

Él, en su cotidiano movimiento por ámbitos de bruma y gnomo y hada, circunscribe las flámulas del viento y el oro ufano en la espiga enarcada.

Ora fulgen los lagos por la estría… Él es paz en el alba nemorosa. Es canción en lo cóncavo del día. Es lucero en el agua tenebrosa…

En las noches oceánicas…

En las noches oceánicas de los campos de Cuba, muchachuela rural ha llamado a mi hombría; tiene las carnes fúlgidas, tiene los ojos bellos, desnuda muestra corales vivos ardiendo en sus mamelias…

La canción de la vida profunda

“El hombre es cosa vana, variable y ondeante…..”. Montaigne

Hay días en que somos tan móviles, tan móviles, como las leves briznas al viento y al azar… Tal vez bajo otro cielo la gloria nos sonría… La vida es clara, undívaga y abierta como un mar.

Y hay días en que somos tan fértiles, tan fértiles, como en Abril el campo, que tiembla de pasión: bajo el influjo próvido de espirituales lluvias, el alma está brotando florestas de ilusión.

Y hay días en que somos tan sórdidos, tan sórdidos, como la entraña oscura de oscuro pedernal: la noche nos sorprende, con sus profusas lámparas, en rútilas monedas tasando el Bien y el Mal.

Y hay días en que somos tan plácidos, tan plácidos… -¡niñez en el crepúsculo! ¡laguna de zafir!- que un verso, un trino, un monte, un pájaro que cruza, ¡y hasta las propias penas!, nos hacen sonreír…

Y hay días en que somos tan lúbricos, tan lúbricos, que nos depara en vano su carne la mujer: tras de ceñir un talle y acariciar un seno, la redondez de un fruto nos vuelve a estremecer.

Y hay días que somos tan lúgubres, tan lúgubres, como en las noches lúgubres el llanto del pinar. El alma gime entonces bajo el dolor del mundo, y acaso ni Dios mismo nos puede consolar.

Mas hay también ¡oh Tierra! un día… un día… un día… en que levamos anclas para jamás volver; un día en que discurren vientos ineluctables… ¡Un día en que ya nadie nos puede retener!

La carne ardiente

En un jardín de aquel país horrendo hallé a Fantina, de ojos maternales y desnudeces mórbidas, tejiendo guirnaldas con las rosas vesperales.

Y cual las agujas túrbidas de un río que rompe un viento en procelosa huella, gimió de amor mi corazón sombrío y suspiró mi mocedad por Ella.

“Fantina -dije con ahogadas voces que al brotar abrasábame la lengua-, quiero hundir mis mejillas en la falda de tu traje, que apenas roza el viento, entreverar un lirio en tu guirnalda y ungir tus trenzas con precioso ungüento”.

La vi volverse, rígida y sañuda, por esquivarme el juvenil encanto: ¡quizá en mis voces se sintió desnuda y la vergüenza desató su llanto!

En la tórrida noche cenicienta de ondas pesadas, que al jardín caía, miré mi carne ansiosa y opulenta, ¡y en un rojizo resplandor ardía!

La estrella de la tarde

Un monte azul, un pájaro viajero, un roble, una llanura, un niño, una canción… Y, sin embargo, nada sabemos hoy, hermano mío.

Bórranse los senderos en la sombra; el corazón del monte está cerrado; el perro del pastor trágicamente aúlla entre las hierbas del vallado.

Apoya tu fatiga en mi fatiga, que yo mi pena apoyaré en tu pena, y llora, como yo, por el influjo de la tarde traslúcida y serena.

Nunca sabremos nada…

¿Quién puso en nuestro espíritu anhelante, vago rumor de mares en zozobra, emoción desatada, quimeras vanas, ilusión sin obra?

Hermano mío, en la inquietud constante, nunca sabremos nada… ¿En qué grutas de islas misteriosas arrullaron los númenes tu sueño? ¿Quién me da los carbones irreales de mi ardiente pasión, y la resina que efunde en mis poemas su fragancia? ¿Qué voz suave, qué ansiedad divina tiene en nuestra ansiedad su resonancia?

Todo inquirir fracasa en el vacío, cual fracasan los bólidos nocturnos en el fondo del mar; toda pregunta vuelve a nosotros trémula y fallida, como del choque en el cantil fragoso la flecha por el arco despedida. Hermano mío, en el impulso errante, nunca sabremos nada…

Y sin embargo…

¿Qué mística influencia vierte en nuestros dolores un bálsamo radiante? ¿Quién prende a nuestros hombros manto real de púrpuras gloriosas, y quién a nuestras llagas viene y las unge y las convierte en rosas?

Tú, que sobre las hierbas reposabas de cara al cielo, dices de repente: “La estrella de la tarde está encendida!” Ávidos buscan su fulgor mis ojos a través de la bruma, y ascendemos por el hilo de luz…

Un grillo canta en los repuestos musgos del cercado, y un incendio de estrellas se levanta en tu pecho, tranquilo ante la tarde, y en mi pecho en la tarde sosegado…

La gracia incógnita

I Nube sombría, grávida de noche, que enluta los oleajes del invierno, así su frente; cejas enemigas roban la escasa lumbre a sus ojuelos. Y es su sonrisa como un alba fúnebre. Y es su ademán como un blandir de hierros. La boca innoble y ávida destila, -fruto de Satanás- hondos venenos.

Mas en la sombra y el callado instante del suspirar, del anhelar sereno, cuando tiemblan los astros en las aguas y está en los pozos el caudal del cielo, el hombre aquel inclina la cabeza, oye un tumulto lírico en su pecho, y sus ásperas formas armonizan del mundo con el plácido concierto.

¿En dónde está la gracia de un rostro que yo he visto?

II Muertos lagos nocturnos, en sus ojos la claridad del valle se destiñe, y la encendida, innumerable tierra en borrosos espectros se deslíe.

Las mieles del amor entre sus labios congela un viento soporoso y triste; opresa de los músculos su alma tan sólo amargos pensamientos rige.

Pero después, en las purpúreas horas en que la tarde, conmovida, rinde sus violetas al mar, y en los pinares ardiente soplo de inquietud imprime, ella, la joven lóbrega, se incendia en albas de suavísimos matices, mientras -cautivo de visión gozosa- más allá de la tarde un niño ríe…

¿En dónde está la gracia de un rostro que yo he visto?

III Tétrica faz, indómitos mechones, mano inhábil y lúgubre sonrisa… Como arroyo que fluye entre los légamos, su sangre es tarda, perezosa, fría. La ancha cabeza intonsa mal sostienen los desmedrados hombros; pensaríais que se engendró del sueño con que tornan las viejas de las fúnebres vigilias.

Pero decidle una palabra dulce, de humano amor con óleos prevenida, un ritmo que sus nébulas evoque la visión de una Cólquide divina, y él arderá como el incienso rubio puesto a expirar entre las brasas vivas, mientras su faz anémica se enciende con la hermosura de mil rosas íntimas..

¿En dónde está la gracia de un rostro que yo he visto?

Lima

Lima es como un lienzo lleno de colores que arrulla mis horas ayunas de amores…

Todas las mañanas nacía de una ojera, limpiaba las cúpulas con albo pañuelo, y se dibujaba un poco azulina sobre el escarlata límpido del cielo.

A veces lloraba tiernamente ungida por constelaciones de finos diamantes. Recogía colores con delicadeza, y con el del cielo, plasmaba en hermoso cuadro a la tristeza.

Sus horas pintadas, galas de donceles, eran como un bello trotar de pinceles.

Pero sobre todas las amables horas, ¡oh, sus deliciosas horas pecadoras! muerte y vida juntas, dentro de un temblor; azules delirios, fiebres tentadoras, ¡que hacen de la vida la ley del amor!

Mi vecina Carmen

Esta noche tengo miedo de estar solo… Entre la sombra, un fantasma de ultramundo sigue mi paso, veloz… Me parece que se acerca, que me palpa, que me nombra… Esta noche tengo miedo de estar solo… Entre la sombra leves rumores semejan un suspiro y una voz…

Todos en el barrio saben la historia de mi vecina: ¡Ingenua, fragante historia de ardorosa juventud! Por sus cabellos profusos y por su carne ambarina… Todos en el barrio saben la historia de mi vecina, que, nevada y sonriente, reposa en el ataúd…

Esta noche tengo miedo de estar solo. Me acongoja el recuerdo aún no lejano de un drama del corazón… Eran sus manos tan ávidas, era su lengua tan roja… Esta noche tengo miedo de estar solo. Me acongoja el ritmo precipitado de mi propio corazón…

Caía en sombras la tarde cuando murió mi vecina… En la sala de su casa destella un foco de luz… Están rezando el rosario… y una comadre ladina, la que pasaba las horas riñendo con mi vecina, reza más alto que todas, puestos los brazos en cruz…

¡Carmen, diabólica y santa! Sus grandes ojos extraños, atrevidos y falaces, humillaron mi candor; el bálsamo de sus besos ungió mis veintidós años… ¡Era tan bella y tan rara! Y entre sus bucles castaños dormí dos noches azules -¡dos noches no más!- de amor…

Y hoy que ha muerto, tengo angustia de estar solo: hay un rumor de oraciones en el aura que llega quedo, muy quedo…

¡Que abran la puerta! ¿Hace luna? Tengo frío… tengo miedo… Me parece que de pronto viene a turbarme su voz…

Momento

Yo fuerte, yo exaltado, yo anhelante, opreso en la urna del día, engreído en mi corazón, ebrio de mi fantasía, y la Eternidad adelante… adelante… adelante…

No tardaré, no llores…

No tardaré. No llores. Yo para ti he cogido del áspero romero azules flores; las aves en su nido; cristales en las grutas; las mariposas en su vuelo incierto; y de los viejos árboles del huerto las sazonadas frutas. Y he aprendido las lánguidas querellas que cantan al bajar de la montaña los grupos de doncellas; y la conseja extraña que, mientras silba ronco el viento en la vetusta chimenea, cuenta alrededor del encendido tronco el viejo de la aldea.

Nocturno

¡Oh!, ¡que gran corazón el corazón del campo en esta noche azul y pura y reverente, todo lleno de amor y de piedad sagrada y fuerza suficiente!

Yo le escucho latir y comprendo mi vida: me parece tan clara, tan profunda, tan simple, y tiene como el mar y el monte puro su raíz en el tiempo sumergida…

Yo le siento latir, y una onda inefable y cordial y vital me reconforta, y no pienso que soy un barro deleznable, y que la brega es dura y corta.

Toda inquietud es vana; la desazón soporta -me está diciendo a voces un amigo interior- El minuto es florido, sonoro y halagüeño, el corazón del campo te dará su vigor para entrar en el último sueño…

Nueva canción de la vida profunda

Te me vas, torcaza rendida, juventud dulce, dulcemente desfallecida: ¡te me vas! Tiembla en tus embriagueces el dolor de la vida. -¿Y nada más? -Y un poco más…

La mujer y la gloria, con puños ternezuelos, llamaron quedamente a mi alma infantil. ¡Oh, los primarios ímpetus! ¡Los matinales vuelos! Tuve una novia… Me parece que fue en Abril…

Yo miraba el crepúsculo y creía que “eso” era el crepúsculo: ¡sí, tácita en la noche, la estrella está detrás! El Numen de Colombia me dio una rosa bella, mas yo perdí el crepúsculo y codicié la estrella… -¿Y nada más? -Y un poco más…

Y escuché que cantaban su canción de ambrosía Pisinoe en la onda y en la onda Aglaopea: el mundo, como un cóncavo diamante, parecía henchido hasta los bordes por la amorosa idea.

¡Fue entonces cuando advino Evanaam, el dulce amigo de mi alma, que no volvió jamás! Yo amaba solamente su amistad dulce… -¿Y nada más? -Y un poco más…

¡Y luego… ser el árbitro de mi torpe destino, actor en mis tragedias, verdugo de mi honor! Mi lira tiene un trémolo de caracol marino, y entre el dolor humano yo expreso otro dolor.

No te vas, torcaza rendida, juventud dulce, dulcemente desfallecida, ¡no te vas! Quiero apurar el íntimo deleite de la vida… -¿Y nada más? -Y un poco más…

Nuevas estancias

El aire es tierno, lácteo, da dulzura. Miro en la luz vernal arder las rosas y gozo de su efímera ventura… ¡Cuántas no se abrirán, aun más hermosas!

Estos que vi de niños, han trocado en ardor sus anhelos inocentes, y se enlazan y ruedan por el prado… ¡Cuántos no se amarán, aun más ardientes!

La tarde está muriendo, y el marino soplo rasga sus velos y sus tules, franjados por el ámbar ponentino… ¡Cuántas no brillarán, aun más azules!

Segunda canción delirante

Tralarí lará larí tralará larí lará…

Al amor el alma, vaso de ternuras; al carmín del día, la alondra solar; luz de estrellas claras a las liras puras, armonium e incienso al altar…

Ya mi afán extraño, de equívoco anhelo, a mi ronca y triste desesperación: ¿Un laurel andrógino? ¿La piedad de un velo? ¿O el cárabo loco de mi corazón?

Tralarí larí lará tralará lará larí…

Con pavor mi carne ruge sus locuras. Mi alma en ese rugir va. De tantos rugidos en noches oscuras no oigo nada… nada… Tralarí lará… Y me abrazo en llamas de lúgubre anhelo, en una gozosa desesperación… Mas un día… ¡un día llegaré hasta el cielo con las llamaradas de mi corazón!

Segunda canción sin motivo

Con mi ensueño de brumas, con tu claro rubí, ¡oh tarde!, estoy en ti y estás en mí, por milagrosa e íntima fusión… Antes del gran silencio de las estrellas, di: ¿de qué divina mente formamos la ilusión?

¡Por mi ensueño de brumas, por tu claro rubí, ¡oh tarde muda y bella!, gime mi corazón.