La carne ardiente

La carne ardiente

En un jardín de aquel país horrendo hallé a Fantina, de ojos maternales y desnudeces mórbidas, tejiendo guirnaldas con las rosas vesperales.

Y cual las agujas túrbidas de un río que rompe un viento en procelosa huella, gimió de amor mi corazón sombrío y suspiró mi mocedad por Ella.

“Fantina -dije con ahogadas voces que al brotar abrasábame la lengua-, quiero hundir mis mejillas en la falda de tu traje, que apenas roza el viento, entreverar un lirio en tu guirnalda y ungir tus trenzas con precioso ungüento”.

La vi volverse, rígida y sañuda, por esquivarme el juvenil encanto: ¡quizá en mis voces se sintió desnuda y la vergüenza desató su llanto!

En la tórrida noche cenicienta de ondas pesadas, que al jardín caía, miré mi carne ansiosa y opulenta, ¡y en un rojizo resplandor ardía!