El aire es tierno, lácteo, da dulzura. Miro en la luz vernal arder las rosas y gozo de su efímera ventura… ¡Cuántas no se abrirán, aun más hermosas!
Estos que vi de niños, han trocado en ardor sus anhelos inocentes, y se enlazan y ruedan por el prado… ¡Cuántos no se amarán, aun más ardientes!
La tarde está muriendo, y el marino soplo rasga sus velos y sus tules, franjados por el ámbar ponentino… ¡Cuántas no brillarán, aun más azules!
Segunda canción delirante
Tralarí lará larí tralará larí lará…
Al amor el alma, vaso de ternuras; al carmín del día, la alondra solar; luz de estrellas claras a las liras puras, armonium e incienso al altar…
Ya mi afán extraño, de equívoco anhelo, a mi ronca y triste desesperación: ¿Un laurel andrógino? ¿La piedad de un velo? ¿O el cárabo loco de mi corazón?
Tralarí larí lará tralará lará larí…
Con pavor mi carne ruge sus locuras. Mi alma en ese rugir va. De tantos rugidos en noches oscuras no oigo nada… nada… Tralarí lará… Y me abrazo en llamas de lúgubre anhelo, en una gozosa desesperación… Mas un día… ¡un día llegaré hasta el cielo con las llamaradas de mi corazón!