Estoy aquí para cantar. Es mi destino y mi parte en la fiesta del mundo. En esta sala que es tuya, tengo un rincón para sentarme y cantar en voz baja. Soy un ocioso en tu atareado mundo, Señor. Mi vida inútil sólo sabe expresarse en vagos acordes sin sentido, como el árbol en silabeo de hojas brilladoras, como el río en impensada cadencia de agua y viento, como el cielo en anhelante balbuceo de nubes. Cuando sea la hora de adorarte, cuando en la basílica húmeda y azulada de la media noche, suene el reloj de las estrellas, llámame, Señor, y yo me alzaré ante Ti, para cantar. Cuando en el aire tierno y límpido la mañana iza su arpa de oro, llámame a tu presencia y he de cantar pulsando la luz de la mañana.