Señor, dijo el cortesano a su rey-, Norottam, el santo, jamás se ha dignado entrar en el recinto de tu glorioso templo.” “Canta las alabanzas de Dios bajo los brazos abiertos de los árboles a la orilla del camino principal. Y el templo permanece vacío.” “En torno a él se agitan hombres, mujeres y niños, como las abejas que desdeñan el cuenco de oro lleno de miel y vuelan alrededor del loto blanco.” El rey, herido en el centro de su corazón, se fue adonde estaba Norottam sentado sobre la hierba. Y le preguntó: “Padre, ¿por qué abandonas mi templo, el de la cúpula de oro, y te sientas fuera, en el polvo, para predicar el amor de Dios? -“Porque Dios no está en tu templo” -dijo Norottam. El rey, frunciendo el ceño, respondió: -¿Sabes que muchos millones de oro fueron gastados por mi magnificencia para levantar esta bordada maravilla del arte que fue consagrada a Dios con suntuosas e inolvidables ceremonias?” -“Lo recuerdo -contestó Norattam-; fue precisamente en el año en que millares de personas, con sus casas y sus campos incendiados, en vano clamaban socorro a tu puerta.” Y Dios pensó: “Esta vil criatura que no puede brindar socorro a sus hermanos, me construye una morada! “ “Y se fue con los hambreados y sin techo bajo los brazos abiertos de los árboles, a la orilla de los caminos. “Y esa dorada pompa de jabón está vacía. Sólo habita allí el orgull0 humeante del incienso. El rey gritó encolerizado: -“Sal de mi país.” Tranquilamente el santo replicó: -“Bien, destiérrame de donde ya has desterrado a tu Dios.” Y partió por el ancho camino polvoriento entre los pobres que le tendían sus brazos.