Al despertar encontraba su mensaje en la mano de la mañana. Como no aprendí a leer no sé lo que me diría. Siga el sabio entre sus libros. Nada le preguntaré. Y, ¿acaso el sabio podría comprenderlo?
Llevaré la carta a mi frente y luego la apretaré contra mi corazón. Cuando llegue la noche y asomen las estrellas una a una, la abriré sobre mis rodillas, la miraré, cerraré los ojos y me quedaré silencioso. Las hojas, entre luna y secreteo, me la leerán con su fina voz; el río pasará tarareando la letra de mi carta; y las siete estrellas del conocimiento me la cantará por los cielos. Sin embargo, no encuentro exactamente lo que busco; no comprendo bien lo que quisiera aprender; pero este mensaje que no he sabido descifrar me hace dulce y alegre la jornada y mi pensamiento se ha trocado en melodía.