Sí, Dios mío, yo lo entiendo muy bien: la luz de pie celeste cuya danza se confunde con la danza de las hojas; las indolentes nubes que navegan hacia el ocaso; la brisa pasajera, errando por mi frente como una mano de frescura: todo es es sólo tu amor, y nada más que tu amor sobre mi vida. Mis ojos se han lavado en la claridad matinal y tu mensaje ha descendido hasta mi corazón. En lo alto, tu rostro diáfano se inclina; tus ojos me han mirado a los ojos y contra tus pies bate mi corazón como una ola.