Vendrá. Vendrá. Lo ha escrito. Ya pasó una semana. Viene desde muy lejos… De allá del norte… En tren… Casi dos mil kilómetros… Muy lejos… Malos trenes… Y el calor… Y el polvo que entra por todas partes… La casa está ya lista: una paloma blanca de cal pura… Lucientes, más brillantes que el oro, la sartén, el perol, la cacerola… Y luego, la cama grande, grande… cubierta de una colcha de colores, con pájaros… Pero muchos kilómetros sin nadie… Eso me han dicho… Y el calor… Y el polvo… Tendrá sed… Aquí, el agua no falta casi nunca… Va a gustarle esto mucho… Poco trabajo para ella… Yo lo haré todo. Soy fuerte todavía… ¿Ella? Bueno. Veremos. Es mi mujer… no quiero que se canse. “Trae aquí esos tomates… Mira, aquéllos de allá, tan colorados…” Nunca los ha visto. Dirá que no… “¿Lechugas como éstas, tan blancas? ¿Y los rábanos? ¡tampoco! Vamos, mujer… Te esperan las gallinas… ¿Qué más quieres? El postre ahí lo tienes colgado del ciruelo. Extiende el delantal y sacude una rama…” ya es muy tarde. Le tomo la cintura… Se sonríe… ¡Qué hermosa! Apagamos la luz… Así. ¡Cuántos kilómetros! Hoy es miércoles ya… Vendrá esta noche.