Retornos del amor en los vividos paisajes

Retornos del amor en los vividos paisajes

Creemos, amor mío, que aquellos paisajes se quedaron dormidos o muertos con nosotros en la edad, en el día en que los habitamos; que los árboles pierden la memoria y las noches se van, dando al olvido lo que las hizo hermosas y tal vez inmortales.

Pero basta el más leve palpitar de una hoja, una estrella borrada que respira de pronto para vernos los mismos alegres que llenamos los lugares que juntos nos tuvieron. Y así despiertas hoy, mi amor, a mi costado, entre los groselleros y las fresas ocultas al amparo del firme corazón de los bosques. Allí está la caricia mojada de rocío, las briznas delicadas que refrescan tu lecho, los silfos encantados de ornar tu cabellera y las altas ardillas misteriosas que llueven sobre tu sueño el verde menudo de las ramas.

Sé feliz, hoja, siempre: nunca tengas otoño, hoja que me has traído con tu temblor pequeño el aroma de tanta ciega edad luminosa. Y tú, mínima estrella perdida que me abres las íntimas ventanas de mis noches más jóvenes, nunca cierres tu lumbre sobre tantas alcobas que al alba nos durmieron y aquella biblioteca con la luna y los libros aquellos dulcemente caídos y los montes afuera desvelados cantándonos.

Retornos del amor recién aparecido

Cuando tu apareciste, penaba yo en la entraña más profunda de una cueva sin aire y sin salida. Braceaba en lo oscuro, agonizando, oyendo un estertor que aleteaba como el latir de un ave imperceptible. Sobre mí derramaste tus cabellos y ascendí al sol y vi que eran la aurora cubriendo un alto mas en primavera. Fue como si llegara al más hermoso puerto del mediodía. Se anegaban en ti los más lucidos paisajes: claros, agudos montes coronados de nueve rosa, fuentes escondidas en el rizado umbroso de los bosques. Yo aprendí a descansar sobre sus hombros y a descender por ríos y laderas, a entrelazarme en las tendidas ramas y a hacer del sueño mi más dulce muerte. Arcos me abriste y mis floridos años recién subidos a la luz, yacieron bajo el amor de tu apretada sombra, sacando el corazón al viento libre y ajustándolo al verde son del tuyo. Ya iba a dormir, ya a despertar sabiendo que no penaba en una cueva oscura, braceando sin aire y sin salida. Porque habías al fin aparecido.