Nos dicen: Sed alegres. Que no escuchen los hombres rodar en vuestros cantos ni el más leve ruido de una lágrima. Está bien. Yo quisiera, diariamente lo quiero, mas hay horas, hay días, hasta meses y años en que se carga el alma de una justa tristeza y por tantos motivos que luchan silenciosos rompe a llorar, abiertas las llaves de los ríos.
Miro el otoño, escucho sus aguas melancólicas de dobladas umbrías que pronto van a irse. Me miro a mí, me escucho esta mañana y perdido ese miedo que me atenaza a veces hasta dejarme mudo, me repito: Confiesa grita valientemente que quisieras morirte.
Di también: Tienes frío. Di también: Estás solo, aunque otros te acompañen. ¿Qué sería de ti si al cabo no volvieras? Tus amigos, tu niña, tu mujer, todos esos que parecen quererte de verdad, ¿qué dirían?
Sonreíd. Sed alegres. Cantad la vida nueva. Pero yo sin vivirla, ¡cuántas veces la canto! ¡Cuántas veces animo ciegamente a los tristes, diciéndoles: Sed fuertes, porque vuestra es el alba!
Perdonadme que hoy sienta pena y la diga. No me culpéis. Ha sido la vuelta del otoño.