y a la fascinación de la última carta y, aun andando hacia adelante, tuerce su cuello hacia detrás, así en la hora del crepúsculo, me sustraigo al hechizo maligno de las calles. Como el que arrastra un fardo inerte, así reuniendo toda mi voluntad, cargo con mi cuerpo rendido y lo traigo hasta la casa; y bajo la lámpara, en el sitio más cómodo, le obligo a sentarse, y a gustar la calma del crepúsculo. Pero en la calma del crepúsculo y en el silencio de la estancia, mi corazón inquieto como el de un jugador, trepida sordamente, y un anhelo inextinguible como la sed del borracho se eleva de él hasta vosotras, ¡oh mujeres desconocidas!