con el alma aún velada por las tinieblas que en el sueño se acumulan, he intentado alargar mi paseo por las calles con aire juvenil. Y he marchado tras las muchachas jóvenes, para alegrar mi corazón. Pero tras de sus pasos ligeros me he sentido tan cansado y me he sentido tan extraño a ellas, con mi corazón amargo de experiencia, que bien pronto las he dejado perderse entre la multitud y he seguido yo solo mi camino. Y he vagado, sin rumbo y sin objeto, ante los reverberos, viendo pasar ante mí la vida, la vida lejana y esquiva, la vida que se aleja para siempre del hombre que ya perdió su juventud y duerme en pleno día.