en los cuales se refleja la verdad como en un pozo. Espejos diáfanos, claros y opacos, a la manera de los valles, en los cuales el más pequeño detalle resalta ante los ojos y que tienen la inexorable serenidad de la conciencia. Espejos claros y tranquilos, semejantes a las lunas que descubren los guijarros del sendero; y ante los cuales el hombre libertino puede contar todas sus arrugas y la mujer impura todas sus manchas. Espejos lúcidos y diáfanos, en cuyo fondo cárdeno se reflejan frentes pálidas, mejillas descarnadas y ojos verticales como abismos. Espejos de reproches y de remordimientos, cuyos cristales se empañan de suspiros y que son como lunas veladas, bajo el hálito frío de los infortunados.
La casa del placer
A José Iribarne que ha gustado conmigo el vino insípido y la carne áspera
Alef
Como cualquier hijo del hombre, también he entrado un día en la Casa del Placer. La Casa del Placer es amplia y hospitalaria: en ella hay grandes toneles para los bebedores y lechos para los indolentes, En su interior se está a maravilla. Pero en la Casa del Placer hay una extraña costumbre, que no vi en parte alguna. El que consume el vino, debe apurar también las heces; el que come el racimo, debe comer también el escobajo, y el que ama a una mujer hasta devorar su carne, debe cargar después toda la vida ya con su esqueleto.
Bet
La Casa del Placer es una casa donde reina la mejor armonía y donde los desconocidos viven más unidos que los hermanos. Las más duras tareas se realizan allí sin rebeldía, y se consumen con placer los más insípidos manjares. Nunca resuenan voces irritadas ni restallan los látigos, y sin guardianes se mantiene un orden más perfecto que el de las cárceles y los camposantos. En la Casa del Placer cada uno cumple con gusto su tarea, y los más díscolos caracteres se convierten en modelos de mansedumbre. Los que en las casas de los padres rehusaron los platos sazonados, aquí roen alegremente los huesos más duros, y los que esquivan el contacto de las castas esposas, aquí besan con gusto los labios más hediondos; las espaldas más rígidas se curvan aquí llenas de gracia.
Guimel
Durante mucho tiempo, yo he ido al mercado de las cortesanas y he aceptado el trato inicuo que hombres y mujeres hacen sobre su carne. Y he saboreado, sin repugnancia, el placer que se me ofrecía y como un hombre que elige esclavas, así he sido entre las mujeres que se ofrecen. Y he amado alegremente y sin temor a las mujeres desconocidas, y anónimas, todas semejantes como sus sexos emboscados en una misma encrucijada.
Lamed
¡Oh amigos! El amor de las cortesanas es triste y peligroso; y deja nuestras almas más hambrientas que antes. Para nosotros, ¡oh amigos!, ellas tienen sus cuerpos manifiestos como grandes moles; pero la puertecita de su ternura está cerrada para nosotros. Nuestros brazos pueden ceñir del todo sus cinturas; pero nunca llegarán al hueco pequeñito en que se esconde su corazón y de sus grandes senos no brotará jamás para nosotros una gota tan sólo de dulzura. En las noches de amor, calladamente, yo las he visto, ¡oh, hombres!, torcer sus ojos bajo mis besos y espiar astutamente el instante de nuestro desmayo.
Vav
Como se cansa uno de revolver los naipes, así yo me he cansado de desnudar cuerpos de cortesanas. Cuerpos de bronce o de mármol, sobre los cuales nuestros labios estaban siempre en la superficie y sobre los que éramos como los que golpean murallas fortificadas. Al fin, ¡oh amigos!, me he cansado de abrazar simulacros y de levantar pesos inertes.
Las hogueras del mirto
A Carlos Cerrillo Escobar, a quien más de una vez he oído suspirar tras de las mujeres fugitivas
Alef
Como el que se sustrae a la atracción del vaso lleno y a la fascinación de la última carta y, aun andando hacia adelante, tuerce su cuello hacia detrás, así en la hora del crepúsculo, me sustraigo al hechizo maligno de las calles. Como el que arrastra un fardo inerte, así reuniendo toda mi voluntad, cargo con mi cuerpo rendido y lo traigo hasta la casa; y bajo la lámpara, en el sitio más cómodo, le obligo a sentarse, y a gustar la calma del crepúsculo. Pero en la calma del crepúsculo y en el silencio de la estancia, mi corazón inquieto como el de un jugador, trepida sordamente, y un anhelo inextinguible como la sed del borracho se eleva de él hasta vosotras, ¡oh mujeres desconocidas!
Dalet
La mujer es un sueño, es nuestro sueño, ¡oh hombres! Y ha nacido de nuestra ternura y de nuestra plenitud en la soledad. La mujer ha nacido de la profundidad masculina, como las nieblas se elevan del vasto sueño de la mar; y somos nosotros los que la hemos creado con todos sus atributos. Todo en ella es obra nuestra; y hemos creado sus senos manifiestos y su sexo enigmático. La mujer es nuestro sueño, ¡oh hombres!, y ha nacido de nuestro sueño como las diosas y como las sirenas; y ha tomado de nuestro sueño toda la ambigüedad. Todo es en ella vago e impreciso; y nada hay en su cuerpo que tenga la medida, cierta y eficaz, de nuestro puño cerrado, lleno de fuerza y plenitud. La mujer es un sueño ante nuestros ojos profundos, y por eso se asemeja a tantas cosas su cuerpo desplegado; por eso es comparable a las serpientes y a las grandes aves y a las ánforas y a las liras; y por eso, cuando destrenza su cabellera, nos parece un prodigio. Por eso es variable y distinta como un sueño; como un sueño de mediodía y de medianoche, y también como un sueño matutino que roza ligero las sienes del durmiente; como un sueño de adolescente distinto del que ciñe la frente de los hombres maduros con la gracia de un poniente sobre un páramo. Por eso, ¡oh hombres!, cambia constantemente ante nuestros ojos y nuestro corazón; y por eso su desnudez nos embriaga tan locamente como un sueño.
Guimel
En el silencio del crepúsculo canta así la sirena, la sirena terrible que ruge como un tigre, y al eco de su canto, mi corazón se agita como un encarcelado. Y como en un buque que va a zarpar, así quisiera embarcarse de nuevo en su inquietud para surcar las calles de la inmensa ciudad. En busca del amor de cada día, ¡nuevo y distinto, y prodigioso como un tesoro hallado!
Guimel
En busca de la dicha ignorada, que se persigue a través de las calles como se persigue la fortuna sobre el tablero de un ajedrez; en busca de la dicha ignorada, que hace describir, a través de las calles, círculos más extraños que los de un beodo. Mi alma aguarda de nuevo el nuevo día, para consumirse de ardor y de impaciencia; para seguir tras de los bell0s pies y echar sus redes sobre los corazones. Para buscar de nuevo la huella perdida y girar de nuevo en la rueda de los tahúres y las cortesanas; para arrojar de nuevo, en la tabla de la suerte, el dado de mi corazón.
He
Como un aventurero tras de la fortuna, tras del amor de este día que aún no me ha sido revelado y que acaso todavía me aguarda. Tras la mujer desconocida, cuyas caricias serían mías esta noche y colmarían esta noche mi nostalgia. Y en cuyos brazos reposaría tranquilo un momento, mientras cantaban las codornices en la madrugada.
Cantos a mi corazón
A Catalina de Burgos
Alef
Veo a los amigos que un día hicieron conmigo el prodigioso viaje de la juventud y los hallo cambiados y desconocidos; la sombra de un cuidado se extiende sobre sus frentes y, con la vista baja, parecen avergonzados de haber sido jóvenes un día. En aquel tiempo, ya lejano, parecían tener alas y exhalaban un hálito de fuego por sus ávidas bocas; sus frentes resplandecían como altas tiaras. Pero hoy son semejantes a viudas que se envuelven entre velos; y con sus frías miradas parecen advertir que han muerto ya para el amor.
Bet
Ciertamente, alma mía, que otro que yo, no podría comprenderte: porque eres enorme como una gran ciudad. Y eres como una nave para los marinos, y como un arado para los trabajadores de la tierra; y como un velo para las mujeres. También como un vaso para el bebedor. Semejante al mercader astuto, que a cada uno muestra lo que ha de agradarle, así sabes hacer: y así te exhibes, abrumada de dones. Pero luego, cuando la turba se dispersa, sabes ser, ¡oh alma!, mi alma, verdaderamente mía.
Dalet
Los que no me conocen, se admiran de mi audacia y se duelen de verme hacer lo que ellos no osarían con su alma pequeña; pero los que saben, no comparten sus temores. Como se ve a un atleta soportar grandes pesos con complacencia y a un juglar caminar sobre el fuego, así me ven agitarme entre la multitud; sus ojos han visto en mis labios una sonrisa astuta. Y al ver que me abandono a los demás, seguro y diestro como el que se lanza a un abismo, suspendido por la cintura, dicen admirados: «¡Oh qué alma verdaderamente maravillosa!».
Guimel
Como la abeja ama los jardines, así amo yo la multitud: ¿acaso podría hacerse un panal con una sola flor? Como abeja industriosa, así amo yo la multitud y clavo mi aguijón en los corazones; y de la locura del loco y la necedad del necio, sé hacer un panal maravilloso. Y hasta el hombre opaco, que es como un guijarro ennegrecido, sirve a mi alma como sirve una hoja verde para adornar un fruto. Como abeja industriosa, así revuelo entre la multitud; pero, luego, cuando la turba se retira, este panal prodigioso, sólo a ti te lo ofrezco, ¡oh alma mía maravillosa!