Te puse tras la tapia de mi frente para tenerte así mejor guardado, y te velé, ay, amor diariamente con bayoneta y casco de soldado.
Te quise tanto, tanto, que la gente me señalaba igual que a un apestado; pero qué feliz era sobre el puente de tu amor, oh mi río desbordado.
Un día, me dijiste: - No te quiero…-; y mi tapia de vidrios y de acero a tu voz vino al suelo en un escombro.
La saliva en mi boca se hizo nieve, y me morí como un jacinto breve apoyado en la rosa de tu hombro.