Hora

Hora

Me acordaré de ti todas las noches a las once!…

En la plaza sin luna de tu ausencia pronunciaré tu nombre con el mismo temblor del primer día todas las noches, a las once!…

Y aunque esté en un café, o en un teatro o en un duelo, sin que nadie me importe, te llamaré -subasta de mi pena- todas las noches a las once…

Y si la gente -¡qué importa la gente!- no sabe, no comprende, no conoce lo que es el amor, que aprenda de mis labios todas las noches a las once…

Que cariño que no es nube, ni melindre, sino sangre, canción, olvido y monte… Se quiere así, gritándolo a los vientos, todas las noches a las once…

Y un día llegará -que Dios me oiga!- que cuando vaya a pronunciar tu nombre, tú estés bajo la lluvia de mis besos a las diez, a las once y a las doce.

Las muertes de Sevilla

A mis padres

De laurel, no de acero, con falda de campanas y cristales, la torre es un arquero cuyos leves puñales aun mojados de rosas son mortales.

El primero fue el río, lo mató una magnolia en primavera y se quedó vacío color de nieve y cera bendiciendo la mano que lo hiriera.

Más tarde fue la fuente del Alcázar Real la fenecida y cayó blandamente en su taza dormida igual que una paloma en vuelo herida.

Después fue la muralla, con su manto morisco y almenado, quien cayó en la batalla sangrando en el costado por un lirio galán y enamorado. Y las rejas floridas y la cruz de la plaza y la cancela, recibieron heridas del arquero que en vela en la Giralda es novio y centinela.

En Sevilla se muere con una muerte blanda y deseada, y el dardo que te hiere no es cuchillo ni espada, que es de flor y de sol la puñalada.

Yo mismo estoy herido por una rosa nueva y amarilla que del cielo ha caído dejando mi mejilla salpicada con sangre de Sevilla.

Sé que no tengo cura y no me quejo a nadie de mi suerte; mi herida es mi ventura y cuando caiga inerte bendeciré al amor que me da muerte.