Apaguemos la vela y en silencio hagamos el amor palpando sombras. Que crujan de placer nuestros desnudos.
Que las ondas de aliento entrecortado te rosen el fulgor de los pezones. Probemos de esta miel la noche toda.
Luego me marcharé sin despertarte: no dejaré ningún beso dormido sobre tus labios blandos y entreabiertos.
Y olvidaré las calles que desande, por si vuelve a surgirnos la ocasión de querernos como desconocidos.
De “El vino de los amantes” Hiperión, 2001