Al final de estos brazos unas manos para tocar por gusto o acercarle sustento a la boca que pía.
Igualmente dos piernas acopladas al tronco: lo pasean con sus lagares dentro, con sus filtros y bombas, sus engranajes sordos.
De perfil me embellecen un ojo y una oreja, media nariz, dos labios mitad sobre mitad.
Y duros huesos a los que se enredan músculos trepadores regados por la sangre que heredé, todo cubierto de porosa dermis mal abrigada por vellosidades.
Pero yo, que habito una región ignota en el cerebro, sólo me reconozco íntegramente en el pene y los testículos: esos ojos no natos con trompa umbilical, reliquias ancestrales de las eras biológicas que confluyen en mí, pura animalidad que me despierta.
¿Para qué sirvo entonces, a qué puedo aplicar estos dispositivos, exactamente qué he venido a hacer?
Vivir, pero además vivir consciente, vivir como si solo fuese real la vida.
Y dar gracias a ciegas a quienes me engendraron, gracias al niño que me trajo aquí, gracias a las muchachas, al perro que me sigue y a la flor transitoria, a la llovizna mística, a la luna de agosto, gracias a los viajes que al llevarme me hacen creer en casa, y a las drogas felices, y a las decepciones que me tienen humilde.
Esto soy. Gracias, enormemente gracias. Aunque, en verdad, no era necesario nada de esto, muchas gracias.
De “Nos han dejado solos” Pre-textos, 2009