De noche, los domingos son más tristes. Ayuda la impresión bobalicona de la distante luna, cuyo velo de flema irreal se contagia: las familias se arropan a la lumbre eléctrica, o apuran los restos de la cena quedamente, pensando ya en la paz merecida del catre; descienden el telón de las persianas y se rinden al sueño de sí mismas.
“Que nadie nos moleste” digo entonces, “vámonos a un rincón”. Me aprietas silenciosa. Tú también tienes frío. Pero los dos sabemos que quizás sea mejor así, caminar solitarios los recodos del pueblo y a espaldas del convento -piedras despellejadas con verdín- nuevamente entregarnos en un culto feliz porque salvaje: dos mamíferos que luchan contra el medio por conservar no más que su sangre caliente.
De “El vino de los amantes” Hiperión, 2001