Un dedo masculino y corazón surca las languideces de esos labios débilmente entreabiertos.
Se siente un leve soplo.
Tras los ojos cerrados cada cual imagina el lento beso que comienza a brotar.
Saborean. Demoran el deseo.
Los amantes quisieran comprobar la emoción desde el cuerpo del otro, fingen que fingen.
Quieren hacer un beso que la lluvia del tiempo no erosione. Que permanezca mínimo y total.
El beso que han soñado tantas veces.
Y cuando al fin comparten la saliva les queda la impresión de haber equivocado algún detalle.
De “El vino de los amantes” Hiperión, 2001