Saciados el estómago y el sexo, ¿qué queda?
Mullo el vientre calmado de mi amiga,
que entrecierra los ojos y apenas corresponde:
un roce, como ondas erizando sus hebras.
Desnuda, libra la gravedad
de los acantilados
bajo el plácido vuelo de los pechos
(el corazón,
poroso y rojo, serena nuestro canto en su caverna).
Si se ovilla es un monte que ofende en la sabana
la aridez del ocaso, Y late
con pulso adormecido
una respiración secreta, vegetal: oigo el musgo crecer sobre su pelvis.
La calavera rumia el sueño de su vida como el mar en las conchas deshabitadas:
¿Qué reverso del mundo he de aceptar por no quedarme solo?
Y este beso, ¿se filtra como vaho en su hipnosis?
¿Es el aliento dulce del incienso o acaso niebla baja que sonrosa los bordes de mi amiga?
Duerme,
duerme sobre nosotros un cielo ensimismado
mientras cruza su frente
esa nube que apaga, un momento, la tarde.
De “Nos han dejado solos” Pre-textos, 2009