Como un ángel en traje de faena descompones la casa amanecida. Las camas y las mesas se abandonan sin recato, las faldas levantadas. ¡Sacude viejos pasos de la alfombra, que tu amor no es posible sin nacer cada día!
El brillo soñoliento del barniz y del vidrio despierta a la caricia puntual del plumero, el reloj te presiente y acelera el latido. La escoba te florece entre las manos. ¡Canta más alto y barre los recelos; que quede el aire justo por los cuartos!
Hay una pausa siempre donde la sangre clama. Es cuando se doblega tu maternal cintura y un racimo de niños colgados de tu cuello, pone a punto de risa la claridad del día.
Esposa del amor y la cocina, de la sonrisa fácil y el pelo alborotado, de las mangas subidas y la mirada casta. Aún no sé si es mi paz ese diario trajín, en el que envuelves nuestro amor, o si es acaso mi paz este mirarte atareada como libando aquí y allá en lo nuestro. O si es mi paz el vuelo de tu falda, o el aire de domingo con que pones la mesa.
Dos pájaros te escoltan cuando sales al patio. Las tapias encaladas te roban la limpieza. ¡Tiende alta tu blusa y mi pañuelo para que puedan verse desde el mar! ¡Tiende al sol tu recato y tu blancura y que se sequen pronto los recuerdos!
Esposa del amor y la costura, del cesto y de la plancha, que apaciguas constante mi inquietud, como serenas el mar blanco y rizado de las sábanas.
Después, la mano umbrosa de la tarde vencida apaga lentamente rendijas y ventanas; mientras por una escala de palabras mimosas se te suben los hijos a la altura del beso. Pasa un silencio por la línea exacta donde termina el día, y la luz se deshace iluminando pequeños universos interiores. Es cuando tú, sentada y poderosa, redondeas el día dando forma al sosiego. Es cuando tú preparas los caminos por donde el bien resbala hasta entrar en la casa. Es cuando tú presides la alegría. La amiga noche, esposa, no se acerca hasta que tú le tienes mullida la almohada.