Si este ungüentario de cristal romano que veinte siglos irisaron, donde la transparencia envejecida apenas deja ya ver el soplo que le diera forma de lágrima y que aún se esconde en su interior como con miedo a verse en otro tiempo; si este vaso leve que otro soplo o milagro ha conservado indemne entre los mármoles partidos de la arrasada villa, resbalase de mis manos y en un funesto instante se estrellase en el suelo dulcemente, consternación aparte, no sabría apreciar las distintas magnitudes de tamaño suceso, ni sabría ponerle fecha; pero estoy seguro de que en el tiempo aquel, que permanece detenido entre togas y columnas, se oirían los clamores del desastre.