Se fue, no tan despacio que no hubiera un desajuste tenue en la calima del asfalto, y su falda parecía más triste en el andar y hubo como una duda, o tal vez no, y la acera se fue estrechando al alejarse y, luego, pareció, quizás fuera su delgadez, sus hombros, que no iba, que volvía a la infancia, y en la calle apenas cabía el sol y mi mirada y una música urbana que, tan joven, surgió de un bar con soledad y miedo. ¿Te veías tú, acaso, dime, como si te pudieras ver, de espaldas, sola, pegada a la pared, andando, yéndote?
Me fui. Recuerdo que el vacío aquél era ya parte de mí. Porque me estuve yendo todo el tiempo que, arriba, la buhardilla, cama deshecha, sábanas con restos de calor, vasos, deja ya de fumar, me estuve dejando ir en no querer ser pasto de ciudad, y las calles y el ruido estaba en mí y tus ojos, habla, ¿por qué te vas?, estaban alrededor de mí; ser pasto de ventanas cerradas, un quejido o una sirena a media noche, esquinas donde comprar la nada, el estallido de la nada, acompáñame, me estuve yendo de mí todo aquel tiempo tan hermoso.
Se fue y era de noche en torno a su cintura y sus vaqueros gastados. La bufanda, con su historia ella también, entretejida, daba una vuelta a la tibia cadencia de su cuello y la seguía a través de la lluvia y algún perro y la insolente luz de los semáforos poniendo en orden el desierto y, lejos, la otra oscuridad, la que está hecha de violencia y portales y mugrientas escaleras.
Me fui de tanta prisa por conocer, de tanto estar contigo, de tanta juventud, frío empañando los cristales, de tanto amor, la estufa, libros y discos en desorden, altas madrugadas del beso, tus preguntas, café para el cansancio, las paredes, tu pelo, el desconcierto de estar vivo.
Toda esta vida me sostiene ahora. Todo este tiempo aquél que es lo que tengo, lo único que tengo. Tanto irse, tanto perder, tal desapego, tanta sinceridad, tan armoniosa desventura, tan sabio desvarío, tal desesperación, tanta belleza.