El miedo, no

El miedo, no

Tal vez, alta calina… El miedo, no. Tal vez, alta calina, la posibilidad del miedo, el muro que puede derrumbarse, porque es cierto que detrás está el mar. El miedo, no. El miedo tiene rostro, es exterior, concreto, como un fusil, como una cerradura, como un niño sufriendo, como lo negro que se esconde en todas las bocas de los hombres. El miedo, no, Tal vez sólo el estigma de los hijos del miedo.

Es una angosta calle interminable con todas las ventanas apagadas. Es una hilera de viscosas manos amables, sí, no amigas. Es una pesadilla de espeluznantes y corteses ritos. El miedo, no. El miedo es un portazo. Estoy hablando aquí de un laberinto de puertas entornadas, con supuestas razones para ser, para no ser, para clasificar la desventura, o la ventura, el pan, o la mirada -ternura y miedo y frío- por los hijos que crecen. Y el silencio. Y las ciudades rutilantes, huecas. Y la mediocridad, como una lava caliente, derramada sobre el trigo, y la voz, y las ideas.

No es el miedo. Aún no ha llegado el miedo. Pero vendrá. Es la conciencia doble de que la paz también es movimiento. Y lo digo en voz alta y receloso. Y no es el miedo, no. Es la certeza de que me estoy jugando, en una carta, lo único que pude, tallo a tallo, hacinar para los hombres.