Gesto final

Gesto final

Un hombre está tumbado bajo el cielo. Se le ha apagado el tacto. Las hormigas pueden subir el trigo por su cuello. Esto es lo más terrible de los muertos: que la vida los cubre y los absorbe.

Porque un hombre está muerto, y en la plaza siguen jugando al tute los de siempre, y se espera que grane la cosecha, y hay barcos en los puertos, preparados para zarpar al despuntar el alba. Un muerto es la esperanza boca abajo.

Porque un hombre está muerto y todavía es posible que tiene en los bolsillos un paquete empezado de tabaco. Y esto es lo más terrible de los muertos: que se paran de pronto entre las cosas.

Ha muerto un hombre cuando se desdobla y se mira su cuerpo, desde enfrente, y se tiende la mano, y se despide. Ha muerto un hombre, irremisiblemente, cuando mueren los que lo recordaban.

Los muertos se resisten a estar muertos y se defienden con su peso inerte, y es terrible su grito cuando luchan porque sólo se oye con los ojos.

Hay que amar a los muertos, comprenderlos. Son como niños buenos enfadados. Les han robado el aro y la cometa y se han quedado tristes para siempre.