Un hombre está tumbado bajo el cielo. Se le ha apagado el tacto. Las hormigas pueden subir el trigo por su cuello. Esto es lo más terrible de los muertos: que la vida los cubre y los absorbe.
Porque un hombre está muerto, y en la plaza siguen jugando al tute los de siempre, y se espera que grane la cosecha, y hay barcos en los puertos, preparados para zarpar al despuntar el alba. Un muerto es la esperanza boca abajo.
Porque un hombre está muerto y todavía es posible que tiene en los bolsillos un paquete empezado de tabaco. Y esto es lo más terrible de los muertos: que se paran de pronto entre las cosas.
Ha muerto un hombre cuando se desdobla y se mira su cuerpo, desde enfrente, y se tiende la mano, y se despide. Ha muerto un hombre, irremisiblemente, cuando mueren los que lo recordaban.
Los muertos se resisten a estar muertos y se defienden con su peso inerte, y es terrible su grito cuando luchan porque sólo se oye con los ojos.
Hay que amar a los muertos, comprenderlos. Son como niños buenos enfadados. Les han robado el aro y la cometa y se han quedado tristes para siempre.