Aquí estaba, sentada en la recacha, así de así, encogida, acurrucada al sol la abuela. Esto era amor. Aquello. Un tiempo de negro y de ¡Señor, lo que se inventa! ponía en derredor de su pequeño mojoncito huesudo nuevos rostros mocosos, y otra arruga, eterno mosquerío, y más sumida la desdentada boca, tiestos con geranios, y no recuerdo nada !esta cabeza! Una como ternura caldeaba el acoso de las lajas.
Mano seca en las cejas protegiendo del sol, gracia divina, los ojos derretidos. Vencido estar, joroba, a punto casi de un crujido y ya está. Dios la reciba.
Aquí el mosquero, largos papeles de colores; aquí la zafa, el pie no se mejora, agua de sal, la panza de la jofaina desconchada. Esto era también amor, digo, miseria; amor, digo, violencia. No lo supo. ¡Qué tiempos! La jarapa alpujarreña en las rodillas, negro pañolón, ay el luto descolorido, negro refajo, en Cuba mismo lo enterraron.
Y más. Ochenta y tantos años milenios en la costra yunque de esta tierra, forjando para qué su cansada reciedumbre. Y una ignorancia añeja que le tapaba el hambre con sudados escapularios; que agostaba en brote, lo ha dispuesto el Señor, la rebeldía.
Aquí la abuela niña, y un suspiro, zurciendo eternamente, remendando, y otro suspiro, cocinando, y otro, los despojos, pasando las cuentas del rosario. Esto era también amor. Y era desprecio. Somos pobres. Y abandono.
Ya de tarde, lo lejos se tensaba con un duro rasgueo de cómplices guitarras. Lo recuerdo.