Tengo marcado un nombre no sé por quién, ni donde. Tengo un número como deben tenerlo las plantas y los pájaros. Me llaman y respondo. Me vuelven a llamar desde una cima, debajo de una roca, en un bosque desierto. Me vuelvan a llamar desde una iglesia, desde una sobremesa familiar, desde un amigo. Me vuelven a llamar desde una tumba.
Sé que pude ser ciervo, o pude ser encina, o no pasar de tierra.
Para decir: ya voy, tengo una voz concreta que no me sé escuchar porque no es mía. Parte de mí y se esconde, aunque presiento que después de todo he de volver a verla.
Es fácil responder, A veces solo basta mirar o ser mirado o sentirse sabido de memoria. Puede ser suficiente abrir los ojos, extender los brazos y decir: aquí estoy.
Contestar es vivir. Basta gritar: ¡alerta! La muerte debe ser la primera llamada incontestable.