Mirad los locos, altos como ramas...

Mirad los locos, altos como ramas…

Mirad los locos, altos como ramas, llenos de inmensidad y poderío; mirad los altos cual soberbias llamas, amenazando al cielo con su brío.

Como harapos ardientes y violentos esparcen sus delirios y su anhelo. Vedlos chocar su pecho con los vientos, pobres guiñapos locos junto al cielo.

¡Ay, qué locura de abrasado vino arde en su honda y más profunda vena! y van raudos, tenaces, sin destino, hijos del cielo, ciegos en la arena.

Fantasmas de la nada y del coraje, dioses heridos, bellos, desgarrados, que llenan de pavor todo el paisaje con aullidos tremendos y abrasados.

Otras veces tranquilos, misteriosos, llenos de humilde pena y de grandeza, se agolpan contra el suelo silenciosos y reposan en tierra su cabeza. Si acarician la tierra dulcemente, sienten allá en su alma enamorada una mujer que besa tiernamente su pobre frente loca y desolada.

Cuando su seca, marchitada boca acercan a la piedra, enamorados, ¡qué soledad tremenda da la roca a sus nobles sentidos desbordados!

¡Ay, pobres locos del amor, de anhelo, de la nada simiente y alimento, mitad tierra sin nadie, mitad cielo, carne de Dios en la mitad del viento!