La tarde iba cayendo. Lentamente, como se alacia un fruto de dorada piel sensitiva, silenciosa y pura la luz palidecía y se mustiaba. Con tímida ternura se afligía sobre el aire doliente, sobre el agua que antes brillaba con metal, con ira, con súbitos cuchillos que pasaban… Por la verde arboleda, entre el ramaje, en un pálido adiós se deslizaba y en el extremo de las ramas puras era una pena dolorida y clara.
En la arena del parque, sobre el césped, las fugitivas sombras se alargaban leves y dulces, pálidas, confusas en busca de la noche, hacia su nada. La furia del color, su poderosa plenitud virginal se sosegaba. Ya el gran mineral, el rojo altivo, el azul sideral y el escarlata de hiriente dentellada vengativa tenuemente cansados replegaban sus grandes alas silenciosas, puras, abatidas, serenas, derrotadas.
Los tiernos amarillos se extinguían y era un suspiro fugitivo el malva, lo gris iba creciendo, oscureciendo, adensando negror entre las ramas. Las sombras se fundían. Ya la noche entre la yerba humilde se ocultaba, se hundía entre las cosas; quedamente invadía los huecos suave y mansa y luego, sigilosa, se extendía, caía sobre el mundo. Era una garra que en el aire se hundía, que en la tierra, lenta, implacable, firme se adentraba. Pero la vida viva proseguía, pero la vida viva levantaba en medio de la sombra, de la noche surtidores de sangre, de palabras, dientes y risas, besos, corazones, arracimada furia, plural ansia; surgía entre las uñas de la sombra, brotaba incontenible como un agua, surgía por la boca y por los ojos de la nocturna y planetaria máscara.
Allí estaba la vida, sí. Era una densa palpitación, una gozosa presencia interminable, una gran eclosión germinal, una gran plenitud bajo la noche, un inmenso ramaje desplegado, unas alas abiertas, unas ciegas raíces bajando febricentes hasta el profundo secreto seminal, hasta el latente y puro corazón genesiaco.