I Y continuando la infeliz historia, que aún vaga como un sueño en mi memoria, veo al fin, a la luz de la alborada, que el rubio de oro de su pelo brilla cual la paja de trigo calcinada por agosto en los campos de Castilla. Y con semblante cariñoso y serio, y una expresión del todo religiosa, como llevando a cabo algún misterio, después de un «¡Ay, Dios mío!» me dijo, señalando un cementerio: «¡Los que duermen allí no tienen frío!»
II El humo, en ondulante movimiento, dividiéndose a un lado y a otro lado, se tiende por el viento cual la crin de un caballo desbocado. ayer era otra fauna, hoy otra flora; verdura y aridez, calor y frío; andar tantos kilómetros por hora causa al alma el mareo del vacío; pues salvando el abismo, el llano, el monte. con un ciego correr que al rayo excede, en loco desvarío sucede un horizonte a otro horizonte y una estación a otra estación sucede.
III Más ciego cada vez por su hermosura de la mujer aquella, al fin la hablé con la mayor ternura, a pesar de mis muchos desengaños; porque al viajar en tren con una bella va, aunque un poco al azar y a la ventura, muy deprisa el amor a los treinta años.
Y «¿Adónde vais ahora?», pregunté a la viajera. «Marcho, olvidada por mi amor primero», me respondió sincera, «a esperar el olvido un año entero.» «Pero, ¿y después?», le pregunté, «señora?» «Después», me contestó, «¡lo que Dios quiera!»
IV Y porque así sus penas distraía, las mías le conté con alegría y un cuento amontoné sobre otro cuento, mientras ella, abstrayéndose, veía las gradaciones de color que hacía la luz descomponiéndose en el viento. Y haciendo yo castillos en el aire, o, como dicen ellos, en España, la referí, no sé si con donaire, cuentos de Homero y de Maricastaña. En mis cuadros risueños, pintando mucho amor y mucha pena, como el que tiene la cabeza llena de heroínas francesas y de ensueños, había cada llama capaz de poner fuego al mundo entero; y no faltaba nunca un caballero que, por gustar solícito a su dama, la sirviese, siendo héroe, de escudero. Y ya de un nuevo amor en los umbrales, cual si fuese el aliento nuestro idioma, más bien que con la voz, con las señales, esta verdad tan grande como un templo la convertí en axioma: que para dos que se aman tiernamente, ella y yo, por ejemplo, es cosa ya olvidada por sabida que un árbol, una piedra y una fuente pueden ser el edén de nuestra vida.
V Como en amor es credo, o artículo de fe que yo proclamo, que en este mundo de pasión y olvido, o se oye conjugar el verbo te amo, o la vida mejor no importa un bledo; aunque entonces, como hombre arrepentido, al ver una mujer me daba miedo, más bien desesperado que atrevido, «Y ¿un nuevo amor», le pregunté amoroso, «no os haría olvidar viejos amores?» Mas ella, sin dar tregua a sus dolores, contestó con acento cariñoso: «La tierra está cansada de dar flores; necesito algún año de reposo.»
VI Marcha el tren tan seguido, tan seguido, como aquel que patina por el hielo, y en confusión extraña, parecen, confundidos tierra y cielo, monte la nube, y nube la montaña, pues cruza de horizonte en horizonte por la cumbre y el llano, ya la cresta granítica de un monte, ya la elástica turba del pantano; ya entrando por el hueco de algún túnel que horada las montañas, a cada horrible grito que lanzando va el tren, responde el eco, y hace vibrar los muros de granito, estremeciendo al mundo en sus entrañas; y dejando aquí un pozo, allí una sierra, nubes arriba, movimiento abajo, en laberinto tal, cuesta trabajo creer en la existencia de la tierra.
VII Las cosas que miramos se vuelven hacia atrás en el instante que nosotros pasamos; y, conforme va el tren hacia adelante, parece que desandan lo que andamos; y a sus puestos volviéndose, huyen y huyen en raudo movimiento los postes del telégrafo, clavados en fila a los costados del camino, y, como gota a gota, fluyen, fluyen, uno, dos, tres y cuatro, veinte y ciento, y formando confuso y ceniciento el humo con luz un remolino, no distinguen los ojos deslumbrados si aquello es sueño, tromba o torbellino.
VIII ¡Oh mil veces bendita la inmensa fuerza de la mente humana que así el ramblizo como el monte allana, y al mundo echando su nivel, lo mismo los picos de las rocas decapita que levanta la tierra, formando un terraplén sobre un abismo que llena con pedazos de una sierra! ¡Dignas son, vive dios, estas hazañas, no conocidas antes, del poderoso anhelo de los grandes gigantes que, en su ambición, para escalar el cielo un tiempo amontonaron las montañas!
IX Corría en tanto el tren con tal premura que el monte abandonó por la ladera, la colina dejó por la llanura, y la llanura, en fin, por la ribera; y al descender a un llano, sitio infeliz de la estación postrera, le dije con amor: «¿Sería en vano que amaros pretendiera? ¿Sería como un niño que quisiera alcanzar a la luna con la mano?» Y contestó con lívido semblante: «No sé lo que seré más adelante, cuando ya soy vuestra mejor amiga. Yo me llamo Constancia y soy constante; ¿qué más queréis», me preguntó, «que os diga?». Y, bajando el andén, de angustia llena, con prudencia fingió que distraía su inconsolable pena con la gente que entraba y que salía, pues la estación del pueblo parecía la loca dispersión de una colmena.
X Y con dolor profundo, mirándome a la faz, desencajada cual mira a su doctor un moribundo, siguió: «Yo os juro, cual mujer honrada, que el hombre que me dio con tanto celo un poco de valor contra el engaño, o aquí me encontrará dentro de un año, o allí…», me dijo, señalando el cielo. Y enjugando después con el pañuelo algo de espuma de color de rosa que asomaba a sus labios amarillos, el tren (cual la serpiente que, escamosa, queriendo hacer que marcha, y no marchando, ni marcha ni reposa) mueve y remueve, ondeando y más ondeando, de su cuerpo flexible los anillos; y al tiempo en que ella y yo, la mano alzando, volvimos, saludando, la cabeza, la máquina un incendio vomitando, grande en su horror y horrible en su belleza, el tren llevó hacia sí pieza por pieza, vibró con furia y lo arrastró silbando.