Porvenir de las almas

Porvenir de las almas

Para A. R., en la muerte de su hija

Si de vuestra hija fue estrella dar tan niña el alma a Dios, ¡ay, feliz mil veces vos! ¡dichosa mil veces ella! Pues ya huella las celestiales alturas, no halle en vos nunca lugar el pesar, porque para almas tan puras «morir es resucitar».

¿Para qué lloráis perdida esa prenda de amor tierno, si por un lugar «eterno» dejó un lugar de «partida»? Si es la vida caos de dudas y penas, ¿quién la muerte, al que bien quiere, no prefiere, si el que vive, vive apenas, «y resucita el que muere»?

Siempre, llena de consuelo, viendo a un ser puro sin vida, la multitud, de fe henchida, prorrumpe:- ¡Ángeles al cielo!- Ni ¿a qué duelo es mostrar, cuando la carga de la existencia maldita Dios nos quita, si tras de una vida amarga, «muriendo se resucita»?

No dé a vuestra alma afligida la más leve pesadumbre esa negra incertidumbre del «más allá» de la vida. Si es mentida la fe de ulterior solaz, al menos, los que viviendo van gimiendo, en otro mundo de paz «resucitarán muriendo».

Ya habita, aunque el desconsuelo os haga implacable guerra, un «triste» menos la tierra, y un «dichoso» más el cielo. De su vuelo iréis vos, muriendo, en pos, si a Dios dais en implorar sin cesar, pues para justos cual vos «morir es resucitar».

Quién supiera escribir…

«Escribidme una carta, señor cura.» -Ya sé para quien es. «¿Sabéis quién es, porque una noche oscura nos visteis juntos?» -Pues… Perdonad; mas… . No extraño ese tropiezo. La noche… la ocasión… Dadme pluma y papel. Gracias. Empiezo: Mi querido Ramón : «¿Querido…? Pero, en fin, ya lo habéis puesto…» -Si no queréis… «¡Sí, sí!» -¡Qué triste estoy! ¿No es eso? «Por supuesto.» ¡Qué triste estoy sin ti!» -Una congoja al empezar me viene … «¿Cómo sabéis mi mal?…» -Para un viejo, una niña siempre tiene el pecho de cristal. -¿Qué es sin ti el mundo? Un valle de amargura. ¿Y contigo? Un edén. «Haced la letra clara, señor cura; que lo entienda eso bien.» -El beso aquel que de marchar al punto te di… «¿Cómo sabéis?…» -Cuando se va y se viene y se está junto siempre … no os afrentéis. Y si volver tu afecto no procura, tanto me harás sufrir… «¿Sufrir y nada más? No, señor cura. ¡Que me voy a morir!» -¿Morir? ¿Sabéis que es ofender al cielo…? «Pues sí, señor, ¡morir!» -Yo no pongo morir. «¡Qué hombre de hielo! ¡Quién supiera escribir! ¡Señor rector, señor rector! En vano me queréis complacer, si no encarnan los signos de la mano todo el ser de mi ser. Escribidle, por Dios, que el alma mía ya en mí no quiere estar; que la pena no me ahoga cada día… porque puedo llorar. Que mis labios, las rosas de su aliento, no se saben abrir; que olvidan de la risa el movimiento, a fuerza de sentir. Que mis ojos, que él tiene por tan bellos, cargados con mi afán, como no tienen quién se mire en ellos, cerrados siempre están. Que es, de cuantos tormentos he sufrido, la ausencia el más atroz; que es un perpetuo sueño de mi oído el eco de su voz… Que siendo por su causa, el alma mía ¡goza tanto en sufrir…! Dios mío, ¡cuántas cosas le diría si supiera escribir!»

Epílogo

-Pues, señor, ¡bravo amor! Copio y concluyo: A don Ramón … en fin, que es inútil saber para esto arguyo ni el griego ni el latín.